Follada en el probador: Mi aventura prohibida con mi pareja

Me llamo Ana, tengo 42 años, morena con curvas que aún vuelven locos a los tíos. Mi pareja, Javier, y yo estamos en esa fase donde el sexo en público nos enciende como una puta hoguera. Ayer, en un centro comercial de Madrid, entramos en una tienda de ropa sexy. Olía a tela nueva, esa mezcla fresca que te pone la piel de gallina.

💸Conviértete en modelo webcamMás del 50 % de los ingresos · Pagos diarios · 60 M de visitas/díaSaber más →

Elegí un vestido negro ajustado, corto hasta el culo, y un tanga rojo que apenas tapa el coño. ‘Pruébatelo, amor’, me dijo Javier con esa mirada hambrienta. La dependienta nos sonrió, ‘La cabina grande tiene espejos por todos lados, perfecta para parejas’. Genial. Agarré las perchas, tintinearon contra el metal, y nos metimos. El rideau se cerró con un susurro rasposo. Afuera, voces de clientas charlando, risas lejanas. Mi corazón ya latía fuerte.

Elegimos la ropa y la tensión sube en la cabina

Me quité la camiseta, tetas al aire, pezones duros por el aire fresco. Javier se acercó, ‘Joder, qué tetas más ricas’. Sus manos frías rozaron mi piel, bajaron al pantalón. Lo desabroché, el zipper bajó lento, crujiente. Quedé en tanga, mirándome en los tres espejos: culo redondo, coño depilado asomando. Él se pegó por detrás, polla ya tiesa contra mis nalgas. ‘Shh, nos van a oír’, susurré, pero mi voz temblaba de ganas. Sus dedos colaron el tanga a un lado, rozaron mi raja húmeda. ‘Estás empapada, puta cachonda’.

No aguantamos. Me giré, le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La agarré, piel caliente y suave. ‘Mámala’, gruñó bajito. Me arrodillé, el suelo frío bajo las rodillas. Lamí la punta, salada, luego engullí hasta la garganta. Chupé fuerte, succionando, mientras él me enredaba el pelo. Afuera, pasos, ‘¿Te queda bien ese?’ de una voz femenina. Tragué saliva, polla palpitando en mi boca.

El polvo brutal y la salida con el secreto ardiendo

Me levantó, me apoyó contra el espejo. Frio en la espalda, pezones rozando el cristal helado. ‘Fóllame ya’, jadeé. Escupió en la mano, untó mi coño chorreante. Polla en la entrada, empujó de golpe. ‘¡Ahhh!’, mordí su hombro para no gritar. Entró hasta los huevos, rellenándome, estirándome. Embestidas brutales, piel contra piel, plaf plaf ahogado. Mis tetas botaban, reflejadas por todos lados: yo abierta de piernas, él clavándome como un loco. ‘Tu coño aprieta tanto… joder’. Sudor goteando, espejo empañado por mi aliento.

Cambié de posición, manos en las rodillas, culo al aire. Me miró en el espejo: ‘Qué coño más bonito, rosa y mojado’. Volvió a meterla, esta vez más hondo, pellizcando mi clítoris. Gemí bajito, ‘Más… no pares’. Oímos la dependienta: ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, todo bien’, contestó él con voz ronca, sin parar de bombear. Yo temblaba, orgasmo subiendo. ‘Me corro… ¡joder!’. Exploté, coño convulsionando alrededor de su polla, jugos bajando por muslos.

Él aceleró, ‘Me vengo dentro’. Tres embestidas feroces y eyaculó, chorros calientes llenándome. Sacó, semen chorreando por mi pierna. Rápido, nos vestimos. Tela nueva pegajosa en piel sudada. Limpié con kleenex, risitas nerviosas. ‘Ha sido de puta madre’. Abrí el rideau, cara roja, pelo revuelto. Dependienta nos miró sospechosa, pero sonrió. Pagamos el vestido, yo con el coño lleno de su leche, goteando en el tanga. Salimos del tienda, su mano en mi culo, secreto ardiendo bajo la ropa. Afuera, sol picando, piernas flojas. Quiero más.

Leave a Comment