Prueba de Fuego en el Probador

El cierre de la cremallera se atascó justo debajo de mi ombligo. Solté un bufido de impaciencia y tiré con más fuerza. La tela negra del vestido se resistía, marcando cada curva de mi cuerpo bajo la luz fría de los fluorescentes. Fuera, el bullicio de la tienda de moda en pleno centro de Madrid era un rumor lejano. Dentro del probador estrecho, solo se oía mi respiración acelerada y el roce de la tela contra mi piel.

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De repente, la cortina se abrió con un susurro. Un hombre alto, de cabello oscuro y mirada sorprendida, se quedó congelado con una camisa en la mano. No era el dependiente. Llevaba una etiqueta de cliente en la muñeca.

—Perdón, creí que estaba vacío —murmuró, pero sus ojos no se apartaron de mis caderas expuestas.

En lugar de cerrar la cortina, dio un paso adelante. El probador era tan pequeño que su pecho casi rozó el mío. Sentí el calor de su cuerpo y un cosquilleo traicionero entre las piernas. Mi pulso se disparó.

—No deberías estar aquí —susurré, sin convicción. Mis dedos seguían luchando con la cremallera rebelde.

Él dejó caer la camisa al suelo y colocó sus manos sobre las mías.

—Déjame ayudarte.

Su voz era grave, con un leve acento del norte. Bajó lentamente la cremallera atascada, pero no se detuvo cuando llegó al final. La tela se abrió como una invitación. Mis pechos, apenas cubiertos por un sujetador de encaje rojo, quedaron a centímetros de su rostro. Noté cómo su respiración se volvía más pesada.

Ahora es mi turno de contar lo que sentí. Me llamo Javier, tenía una cita con un cliente en la planta baja, pero me equivoqué de pasillo y entré en la sección de mujeres buscando un espejo. Lo último que esperaba era encontrar a una mujer morena de ojos verdes forcejeando con un vestido negro que parecía pintado sobre su piel. Cuando vi el encaje rojo asomando, mi polla dio un salto dentro de los pantalones.

—Esto no es correcto —dije, pero mis manos ya bajaban los tirantes del vestido por sus hombros. La prenda cayó hasta su cintura, revelando un cuerpo hecho para pecar: cintura estrecha, caderas redondas y unos pechos que amenazaban con desbordar el sujetador.

Ella no protestó. Al contrario, arqueó la espalda ligeramente, empujando sus tetas hacia mí. Olía a vainilla y a deseo. Deslicé un dedo bajo el encaje y rocé un pezón endurecido. Ella soltó un gemido ahogado que me puso la piel de gallina.

Volviendo a mi voz, el roce de su dedo me hizo temblar. Mi coño ya estaba mojado; sentía la humedad empapando el tanga a juego. Sin pensarlo, agarré su nuca y lo atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron con urgencia. Su lengua era hábil, exploradora, y sus manos no perdieron el tiempo: una se coló bajo mi vestido levantado, la otra desabrochó mi sujetador con maestría.

Mis pechos quedaron libres. Él los devoró con la mirada antes de bajar la cabeza y capturar un pezón entre sus labios. Chupó con fuerza mientras su mano subía por el interior de mis muslos. Cuando alcanzó el tanga, apartó la fina tela y deslizó dos dedos entre mis labios empapados.

—Estás empapada —gruñó contra mi piel.

—Cállate y fóllame —respondí, sorprendida de mi propia audacia.

Él sonrió con malicia. Me giró con decisión, colocándome de cara al espejo del probador. Mis manos se apoyaron en el cristal frío. Desde atrás, bajó el vestido hasta mis tobillos y me quitó el tanga de un tirón. Escuché el sonido de su cinturón y luego el de su cremallera. Su polla, gruesa y caliente, se frotó contra mi culo antes de colocarse en mi entrada.

Empujó de una sola vez. Gemí fuerte, mordiéndome el labio para no alertar a toda la tienda. Me llenaba por completo. Sus manos se aferraron a mis caderas y empezó a bombear con ritmo creciente. Cada embestida hacía que mis pechos rebotaran contra el espejo. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño era obsceno y excitante.

Desde su perspectiva, la imagen era brutal. Su culo redondo se abría cada vez que me clavaba hasta el fondo. Sus jugos corrían por sus muslos. Agarré su cabello oscuro con una mano y tiré suavemente mientras aceleraba. Con la otra mano busqué su clítoris y lo froté en círculos rápidos. Ella empezó a temblar.

—Me voy a correr —jadeó ella, mirándome a través del espejo con los ojos vidriosos.

—Córrete en mi polla —ordené, sintiendo cómo sus paredes internas me apretaban.

Su orgasmo fue violento. Se contrajo alrededor de mí, soltando un gemido largo que ahogó contra su propio brazo. Sus rodillas flaquearon. La sostuve con fuerza y seguí follándola sin piedad, prolongando su placer. Mis huevos golpeaban contra su clítoris con cada golpe.

Cuando sentí que mi propio orgasmo se acercaba, salí de ella y la hice arrodillarse. Ella abrió la boca sin que se lo pidiera, sacando la lengua. Dos, tres sacudidas y exploté. Chorros gruesos de semen cayeron sobre su lengua, sus labios y sus pechos. Ella tragó lo que pudo, lamiendo el resto con avidez.

Nos quedamos unos segundos recuperando el aliento. El probador olía a sexo y a perfume caro. Ella se levantó lentamente, ajustándose el vestido arrugado. Yo me subí los pantalones con manos temblorosas.

—Creo que me llevo este vestido —dijo ella con una sonrisa pícara, mirando la tela manchada de sudor y fluidos.

—Y yo te esperaré fuera. Hay una cafetería en la esquina. Tal vez necesites ayuda para probarte más cosas después.

Ella se acercó, me dio un beso rápido y mordió mi labio inferior.

—No tardes. Mi tanga se queda aquí de recuerdo.

Abrió la cortina con naturalidad y salió contoneándose. Yo me quedé un momento más, mirando el trozo de encaje rojo en el suelo. Lo guardé en mi bolsillo y salí tras ella, con el corazón aún latiendo con fuerza y la promesa de una tarde mucho más larga.

La dependienta nos miró con extrañeza cuando pasamos juntos por caja. Ninguno de los dos dijo nada. Solo sonreímos, compartiendo el secreto de aquel probador que acababa de convertirse en nuestro rincón más privado de toda la tienda.

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