El roce del tejido contra mi piel era lo único que me separaba de perder el control. Laura, a mis veintiséis años, me había metido en el probador más grande del fondo de la tienda con la excusa de necesitar ayuda con un vestido imposible. La cortina apenas cerrada, el bullicio de la tarde en el centro comercial se oía lejano. Mis manos temblaban ligeramente mientras subía la cremallera por su espalda, rozando la curva de su cintura.
—No te muevas tanto —susurré, aunque era yo quien no podía quedarse quieto.
Ella giró la cabeza, sus ojos verdes clavados en los míos a través del espejo. Javier, veintinueve años, llevaba tres meses trabajando conmigo en la boutique y nunca habíamos cruzado más que miradas rápidas y sonrisas cargadas. Hasta hoy. El vestido negro se ajustaba a sus caderas como una segunda piel. Mis dedos se detuvieron en sus hombros desnudos. Ella no dijo nada, solo inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, ofreciéndome el cuello.
Mi boca descendió sin pedir permiso. El primer beso fue suave, casi tímido, pero cuando ella dejó escapar un suspiro, todo cambió. Mis manos bajaron por sus brazos, rodearon su torso y se posaron sobre sus pechos todavía cubiertos por la fina tela. Los apreté con decisión, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mis palmas. Laura arqueó la espalda, presionando su trasero contra mi entrepierna, donde mi erección ya era imposible de disimular.
—Llevo semanas imaginando esto —confesó ella con voz ronca, girándose por completo. Sus labios buscaron los míos con urgencia. El beso fue profundo, húmedo, lleno de la tensión acumulada durante tantas tardes de trabajo codo con codo.
La empujé suavemente contra la pared del probador. Mis dedos encontraron el borde del vestido y lo subieron hasta su cintura. Debajo solo llevaba un tanga de encaje rojo. Lo aparté a un lado sin quitárselo y deslicé dos dedos entre sus pliegues. Estaba empapada. Ella mordió mi labio inferior para ahogar un gemido mientras yo exploraba su calor resbaladizo, rodeando su clítoris hinchado con movimientos circulares.
Laura no se quedó atrás. Sus manos hábiles desabrocharon mi pantalón de trabajo y liberaron mi miembro duro. Lo envolvió con sus dedos y comenzó a masturbarme con ritmo lento pero firme, extendiendo la gota de líquido preseminal que ya brillaba en la punta. Nuestras respiraciones se mezclaban, calientes y aceleradas, en el reducido espacio donde el olor a perfume y excitación lo llenaba todo.
Me arrodillé frente a ella sin pensarlo dos veces. Aparté el tanga completamente y acerqué mi boca a su sexo depilado. Mi lengua lamió desde abajo hacia arriba, recogiendo su sabor dulce y salado. Ella abrió más las piernas, apoyando una mano en mi cabeza para guiarme. Chupé su clítoris con dedicación, introduciendo dos dedos en su interior y curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar. Sus caderas se movían contra mi cara, buscando más fricción, más profundidad.
—Así… justo ahí —jadeó, conteniendo apenas la voz. Sus muslos empezaron a temblar. Aumenté la velocidad de mis dedos y succioné con más fuerza su botón sensible. El orgasmo la golpeó de repente: su cuerpo se tensó, su vagina se contrajo alrededor de mis dedos y un chorro caliente empapó mi barbilla. Ella se mordió el puño para no gritar.
Cuando se recuperó, me miró con ojos vidriosos de placer. Me levantó y me empujó hasta el pequeño banco del probador. Se sentó a horcajadas sobre mí, guiando mi polla hacia su entrada todavía palpitante. Bajó lentamente, tragándome centímetro a centímetro hasta que estuve completamente enterrado en su calor apretado. Ambos gemimos al unísono.
Empezó a moverse. Primero con movimientos circulares, frotando su clítoris contra mi pelvis, luego subiendo y bajando con fuerza. Sus pechos se escaparon del escote del vestido y los devoré con la boca, mordisqueando sus pezones erectos mientras ella cabalgaba cada vez más rápido. El probador se llenaba de sonidos húmedos de carne contra carne y de nuestros gemidos entrecortados.
Laura se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en mis rodillas, ofreciéndome una vista perfecta de cómo mi miembro desaparecía y reaparecía dentro de ella. Sus jugos brillaban en mi piel. Agarré sus caderas con fuerza y empecé a embestir desde abajo, penetrándola más profundo. Cada golpe hacía que sus pechos rebotaran y que ella soltara pequeños gritos ahogados.
—Quiero que te corras dentro —me suplicó al oído, acelerando el ritmo. Sus paredes internas me apretaban como un puño caliente y sedoso. Sentí que no aguantaría mucho más.
La levanté de golpe, la giré y la coloqué de espaldas contra el espejo. Ella apoyó las manos en el cristal frío mientras yo volvía a entrar en ella desde atrás con una sola embestida profunda. La follé con fuerza, una mano en su cadera y la otra rodeando su cuerpo para frotar su clítoris. Nuestras miradas se encontraron en el reflejo: sus mejillas sonrojadas, sus labios entreabiertos, mi rostro contraído por el esfuerzo y el placer.
El segundo orgasmo la atravesó con violencia. Su vagina se contrajo violentamente alrededor de mi polla, ordeñándome. Eso fue suficiente. Con un gruñido bajo me corrí dentro de ella, llenándola con chorros calientes y espesos mientras seguía moviéndome hasta que el último espasmo nos dejó exhaustos.
Nos quedamos así unos segundos, todavía unidos, recuperando el aliento. Ella se giró lentamente, me besó con ternura y ajustó su vestido con una sonrisa pícara. Yo subí mi pantalón, todavía con las piernas temblorosas. Antes de abrir la cortina, ella se acercó a mi oído.
—La próxima vez probamos el vestido rojo… en mi turno de cierre.
Salimos del probador como si nada hubiera pasado, aunque el rubor en nuestras mejillas y el olor a sexo que nos acompañaba contaban otra historia. La tarde en la tienda continuaba, pero entre nosotros ya nada volvería a ser igual.