¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Mariana, una española bien puta que adora el morbo de lo público. El otro día, en una tienda de ropa sexy del centro, vi un vestido rojo ajustado, de esos que marcan el culo y los tetas. Cogí también un tanga negro nuevo, con encaje que raspa suave la piel. El dependiente, un tío alto, moreno, con ojos de lobo… mmm, me miró de arriba abajo. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz grave. Sonreí, ‘Sí, para probármelo’.
Entramos en la cabina grande, espejos por todos lados. El ruido de las perchas tintineando, el olor a tela nueva. Cerré el rideau… zas, silencio. Afuera, voces de clientas charlando, risas lejanas. Él se acercó por detrás, ‘Déjame ayudarte con el cierre’. Sus dedos rozaron mi espalda desnuda, bajé el top lento. El vestido se pegaba a mis curvas, mis pezones ya duros contra la tela fría. Me miró en el espejo, ‘Te queda perfecto… pero sin sujetador, mejor’. Eh… tragué saliva, excitada. Sus manos subieron, rozando mis tetas. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurró, y me giró. Nuestros labios chocaron, lengua dentro, saliva mezclada. Afuera, pasos. Mi coño ya chorreaba.
La elección de la ropa y el primer roce
No aguantamos. Me bajó el vestido de un tirón, mis tetas saltaron libres, grandes y firmes. Las empañó, pellizcó los pezones duros como piedras. ‘Joder, qué tetazas’, gruñó bajito. Yo, jadeando, le abrí el pantalón. Su polla saltó, gorda, venosa, cabezota hinchada. La agarré, masturbé fuerte mientras él me metía dos dedos en el coño depilado. ‘Estás empapada, puta’, dijo. Me apoyó contra el espejo, frío en la espalda, mi cara reflejada en mil ángulos. Se arrodilló, abrió mis labios con los dedos. Su lengua lamió mi clítoris hinchado, chupando fuerte. ‘Ahh… sí, come mi coño’, gemí tapándome la boca. El clac-clac de tacones afuera, nos callamos un segundo. Él succionaba, metía lengua dentro, mis jugos por su barbilla. Me corrí rápido, temblando, mordiendo mi labio para no gritar.
El clímax en silencio y la salida ardiente
Levantó mi pierna, polla contra mi entrada. ‘Te voy a follar aquí mismo’, susurró. Empujó, entró de golpe, llenándome. ‘¡Coño, qué prieta!’, jadeó. Me follaba duro, de pie, espejo mostrando su polla entrando y saliendo, mis tetas botando. Chof-chof del coño mojado, pero bajo, controlado. ‘Más… fóllame fuerte pero calladitos’, le rogué. Me tapó la boca con la mano, embistió salvaje, huevos golpeando mi culo. Cambiamos: yo contra la pared, él detrás, tirando pelo. Su mano en mi clítoris, frotando. ‘Me corro… shhh’, gimió, y noté su leche caliente llenándome el coño. Yo exploté otra vez, piernas flojas, uñas en su brazo. Semen chorreando por mis muslos, mezclándose con mis jugos.
Respirando agitados, nos vestimos rápido. El vestido comprado, tanga nuevo puesto, pero mi coño goteaba su corrida bajo la falda. Salí primero, cara roja, sonrisa falsa. ‘¿Todo bien?’, preguntó una clienta. ‘Sí, perfecto’, dije temblando. Él cobró, guiño pícaro. Caminé por la tienda, semen resbalando, coño palpitando, clientas ajenas al secreto. Afuera, aire fresco en la piel caliente. ¡Joder, qué subidón! Quiero repetir ya.