Me llamo Laura, tengo veintinueve años, casada con mi marido desde hace seis. Pero hoy… uf, acabo de vivir algo que me tiene el coño palpitando aún. Era viernes, último día de mis vacaciones, necesitaba ropa nueva. Entro en esa tienda chic del centro, llena de gente, voces de clientas charlando fuera, el tintineo de las perchas rozando las barras metálicas. Huele a tela nueva, fresco, tentador.
Veo a él, el vendedor. Alto, metro ochenta y cinco, atlético, moreno con ojos azules que perforan. Traje ajustado, camisa blanca entreabierta mostrando pectorales duros. Me mira, sonríe: “¿En qué puedo ayudarte, guapa?”. Mi estómago da un vuelco, como aquella vez con Thierry, pero peor. Le pido vestidos ceñidos, sexys pero discretos. Me lleva varias prendas: un vestido negro escotado, faldas plisadas, lencería fina. Sus manos rozan las mías al pasármelas, electricidad.
La elección de ropa y la entrada en la cabina
“¿Quieres probártelos? La cabina grande está libre”, dice con voz grave. Asiento, nerviosa. Cojo el montón, entro. El cubículo es amplio, tres espejos enormes, suelo frío de baldosas, rideau rojo que cierra con un susurro. Me quito el abrigo, el pantalón gris, quedo en bragas y sujetador blanco. Pruebo el vestido, me miro: tetas firmes, culo redondo de tanto gym. Oigo voces fuera, clientas cerca. Tensión sube.
De repente, el rideau se mueve. Es él. “¿Te ayudo con la cremallera?”, susurra. Cierro los ojos un segundo, huelo su colonia fuerte, masculina. Entra, cierra el rideau. Su cuerpo roza mi espalda. “Estás increíble”, murmura, manos en mis hombros. El espejo nos refleja: yo casi desnuda, él pegado. Mi corazón late fuerte, coño ya húmedo. “Shh, no hagamos ruido”, dice, pero su mano baja por mi vientre, toca mi monte.
Sus dedos se cuelan en las bragas, rozan mi clítoris hinchado. Gimo bajito, tapándome la boca. “Qué mojada estás, puta”, gruñe al oído. Me gira contra el espejo, frío en mis tetas desnudas. Me arranca el sujetador, chupa un pezón duro mientras mete dos dedos en mi coño chorreante. Plaf, plaf, sonidos húmedos, me muerdo el labio para no gritar. Fuera, una voz: “¿Dónde está el probador?”. Nos paramos, jadeando. Él sonríe malvado, saca la polla: gorda, venosa, más de veinte centímetros, epilada, huevos pesados. “Chúpamela”, ordena.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Me arrodillo, suelo helado en las rodillas. La cojo, pesada, caliente. La lamo desde la base, saliva goteando. La meto en la boca, él empuja suave, folla mi garganta. Miro el espejo: mi boca estirada, sus huevos golpeando mi barbilla. Gimo vibrando en su verga. “Para, o gimo”, susurro. Me levanta, me pone de cara al espejo, piernas abiertas. Escupe en mi coño, mete la polla de un golpe. ¡Joder! Llena, estira mis paredes. Empieza a bombear, fuerte pero silencioso, manos en mi culo.
“Fóllame más”, suplico bajito. Sus embestidas profundas, glande golpeando el fondo. Me froto el clítoris, tetas rebotando en el cristal frío. Sudor perla mi piel, olor a sexo mezclado con ropa nueva. Él me tapa la boca, acelera: plaf, plaf contra mi carne. Siento su polla hincharse, huevos contra mí. “Me corro dentro”, gruñe. Eyacula chorros calientes, llenándome. Yo exploto, coño contrayéndose, mordiendo su mano para no chillar. Tiembla, nos quedamos pegados, semen goteando por mis muslos.
Sale primero, casual: “Si necesitas algo, avisa”. Yo me visto temblando, vestido puesto pero sin bragas – mojadas en el bolsillo. Semen resbala, coño sensible. Salgo, cara roja, pelo revuelto. Él en caja: “¿Te lo llevas?”. Pago, sonriendo falsa, piernas flojas. Fuera, clientas miran, ¿sospechan? Camino con el secreto quemando bajo la falda, excitada, lista para más. Dios, qué vicio público.