Follada brutal en la cabina de probadores con mi amiga Sofia

Dios, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Estaba con Sofia en el centro comercial, ese jueves de locos. Ella me había mandado esa cosita roja por correo, el vibrador modular, ‘RHFAD-MV’ grabado. Lo llevaba puesto desde el té, metidito en mi coño, apretadito contra las paredes húmedas. Cada vez que se movía el cursor en su mando, un zumbido sutil me hacía apretar los muslos. ‘¿Lo traes?’, me preguntó con esa sonrisa pícara. ‘Sí, joder, no pares de tentarme así’.

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Elegimos ropa para su boda en octubre, ridícula excusa. Tailleur azul, chemisier de seda cremosa, zapatos nuevos crujiendo. ‘Pruébate esto’, dijo Sofia, empujándome hacia los probadores. El pasillo olía a tela fresca, perchas tintineando como campanas lejanas. Voces de clientas fuera: ‘¿Te queda bien ese?’. Entramos juntas en la cabina grande, ‘para ayudarnos’. El rideau se cierra con un susurro áspero. Espacio estrecho, espejo helado por todos lados, mi reflejo sonrojado mirándome.

La elección de la ropa y la tensión en la cabina

‘Shh, no hagas ruido’, murmura Sofia, ojos brillantes. Saca el mando rojo de su bolsillo, lo desliza al máximo. ¡Zum! El vibrador cobra vida dentro de mí, pulsando fuerte contra mi clítoris hinchado. ‘Ay… Sofia…’, gimo bajito, mordiéndome el labio. Mis pezones se endurecen bajo la blusa nueva, rozando la seda fría. Ella se pega a mí, mano en mi culo, apretando. ‘Mírate en el espejo, estás chorreando’. Sí, lo veo: mis labios vaginales abiertos, jugos bajando por los muslos. La beso con hambre, lenguas enredadas, salivas mezcladas. Le arranco el chemisier, tetas firmes saltando libres, pezones rosados pidiendo boca.

No aguanto más. La empujo contra el espejo, frío contra su espalda desnuda. ‘Fóllame ya’, susurro ronca. Le bajo las bragas, coño depilado reluciente, clítoris erecto como una polla mini. Meto dos dedos de golpe, chapoteo húmedo ahogado por mi palma. ‘¡Joder, sí! Más profundo’, jadea ella, uñas en mi cuello. Yo sigo vibrando, rodillas flojas. Le chupo las tetas, mordiendo pezones, mientras mis dedos follan su coño empapado, goteando al suelo de la cabina. Oímos pasos fuera, ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, gracias’, responde Sofia con voz temblorosa, mientras yo le meto la lengua en el coño, lamiendo su crema salada, clítoris palpitante en mi boca.

El orgasmo prohibido y la salida con el secreto

Ella contraataca: me gira, falda subida, vibrador zumbando loco. ‘Quítatelo’, ordena. Lo saco, chorreando, y ella lo apaga. Pero no para: dedos en mi coño, tres de una, estirándome, follándome brutal. ‘Tu coño es mío, puta’, gruñe bajito. Me corro primero, mordiendo su hombro para no gritar, jugos salpicando sus manos, espejo empañado por mi aliento. Ella sigue, frotando su coño contra mi muslo, resbaladizo, hasta que tiembla, orgasmo mudo, mordiéndose el puño. Sudor, olor a sexo crudo, perchas balanceándose por nuestros empujones.

Respiramos agitadas, nos vestimos rápido. Textura de la ropa nueva pegajosa en piel sudada. ‘Cómpralo todo’, dice ella, guiñando. Salimos, caras coloradas, pelo revuelto. La dependienta: ‘¿Todo bien?’. ‘Perfecto’, sonreímos, coños palpitantes aún, semen invisible bajo faldas. Pagamos, bolsitas crujiendo, secretito ardiendo entre nosotras. Caminamos por el centro, voces ajenas, yo sintiendo cada paso el vacío húmedo en mi coño. Sofia aprieta mi mano: ‘Otra vez, ¿cuándo?’. Joder, ya estoy mojada de nuevo.

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