Trío prohibido en la cabina de probadores: mi experiencia más caliente

Acabo de cumplir cincuenta, pero mi cuerpo sigue pidiendo guerra. Fui con Patricio a una tienda de lencería cara, de esas con cabinas grandes y espejos por todos lados. Queríamos algo sexy para nuestro fin de semana. Vimos a Josía, una morena curvilínea de unos treinta, probándose un conjunto rojo. Nuestras miradas se cruzaron. ‘¿Te ayudo?’, le dije sonriendo. Ella dudó, pero Patricio se acercó, charmant. ‘Ven con nosotros, hay una cabina amplia’. Ella rio nerviosa. ‘Vale, por qué no’.

Cogí varios tangas de encaje, bragas que se transparentan, un body negro. El tintineo de las perchas al chocar me ponía ya. Entramos los tres apretados. Cerré el cortinón rojo con un susurro rasposo. El aire olía a tela nueva, fresco, con ese toque químico. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’. Mi corazón latía como loco. Josía se quitó la blusa, sus tetas rebotaron libres. Patricio tragó saliva. Yo me desabroché el sujetador, mis pezones duros rozaron el espejo frío. ‘Shhh’, murmuré, rozando su polla por encima del pantalón. Ella nos miró, mordiéndose el labio. La tensión subía, el calor nos envolvía.

La elección y la entrada tensa

No aguantamos. Patricio me besó el cuello, su mano bajó mi falda. ‘Quieta’, le dije bajito, mientras Josía se pegaba a mí, sus dedos en mis muslos. El espejo multiplicaba todo: tres cuerpos enredados. Le bajé los pantalones a él, su polla saltó dura, venosa. ‘Mira qué polla gorda’, susurró ella, arrodillándose. La chupó despacio, saliva goteando, yo la miré en el reflejo. Afuera, pasos, risas. Yo me agaché, lamí sus huevos mientras ella mamaba el tronco. ‘Joder, qué rico’, gemí tapándome la boca. Él me levantó, me empaló contra el espejo. Mi coño chorreaba, resbaladizo. El cristal helado en mi espalda, sus embestidas mudas pero feroces. ‘Fóllame más’, le supliqué al oído.

El sexo brutal y el clímax susurrado

Josía se puso detrás, lamiéndome el culo mientras él me taladraba. Cambiamos: la puse a cuatro, tanga a un lado, su coño depilado brillando. Patricio la metió de un golpe, ella ahogó un grito en mi teta. Yo le metí dos dedos en el ano, lubricado por sus jugos. ‘¡Ay, sí, joder!’, siseó ella, temblando. El espejo nos devoraba: su cara de puta en éxtasis, mi mano meneándola, su polla entrando y saliendo, chapoteos suaves. Afuera: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, gracias’, respondí yo, voz entrecortada, mientras él me follaba ahora por detrás, Josía lamiéndome el clítoris. Orgasmos en cadena: ella primero, convulsionando, chorro caliente en mi boca. Yo después, mordiendo su hombro. Él se corrió dentro de ella, gruñendo bajito, semen goteando por sus muslos.

Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. Telas pegajosas en piel mojada, olor a sexo flotando. Limpié el espejo empañado con la mano. ‘Increíble’, murmuró Josía, ruborizada. Salimos, piernas flojas. La dependienta nos miró sospechosa: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, dije, sonriendo, con el coño palpitando aún. Pagamos tres conjuntos, ella el rojo. En la calle, nos besamos rápido. ‘Repetimos’, dijo ella. Yo asentí, el secreto quemándome bajo la ropa. Dios, qué subidón.

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