Follada salvaje en la cabina de probadores: mi secreto ardiente

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado en un Zara del centro de Madrid, uno de esos grandes con probadores al fondo. Mi novio y yo, los dos en los cuarenta, currando como locos toda la semana, queríamos un rato de relax. Elegí un vestido negro ajustado, de esos que marcan todo: corto, con escote que deja ver justo lo suficiente. ‘Pruébatelo’, me dijo él, con esa mirada pícara. Cogí también un tanga de encaje y unas medias, por si acaso. El corazón ya me latía fuerte cuando entramos juntos en la cabina grande, esa con espejo en tres lados y un banquito estrecho.

El ruido de las perchas tintineando al colgar la ropa… uf, ese sonido metálico que avisa a todos. Cerré el cortinón rojo, pero no del todo, queda un hueco de unos centímetros, lo justo para que entre luz y… quién sabe qué miradas. Afuera, voces de clientas charlando, pasos en el suelo de madera, el pitido de las cajas. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurró él pegándose a mi espalda. Yo me quité el jersey despacio, sintiendo sus manos en mi cintura. La tela nueva del vestido rozaba mi piel, suave como seda, oliendo a limpio de tienda. Me lo puse, se ceñía a mis tetas, subía por los muslos. Me miré en el espejo: pezones duros marcándose, culo perfecto. Él ya tenía la polla tiesa contra mí. ‘Estás para follarte ya’, murmuró, besándome el cuello. Sus dedos bajaron por mi tripa, rozando el tanga. Yo me mordí el labio, el espejo multiplicaba todo: mi cara sonrojada, sus manos impacientes.

La elección de la ropa y la tensión en la cabina

No aguantamos. Me giré, le bajé la cremallera del pantalón. Su polla saltó dura, gorda, venosa. ‘Cógela’, jadeé bajito. La chupé un segundo, saliva resbalando, sabor salado. Pero quería más. Me levantó la falda del vestido –aún puesto–, apartó el tanga a un lado. ‘Métemela, pero despacio, nos oirán’. Me apoyó contra el espejo frío, tetas aplastadas en el cristal helado que me erizaba la piel. Entró de golpe, uf… su polla abriéndome el coño empapado. ‘Joder, qué apretada’, gruñó él tapándome la boca con la mano. Follando fuerte pero silencioso, embestidas profundas, mis gemidos ahogados contra sus dedos. El espejo mostraba todo: su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos chorreando por los muslos. Clavos en la madera del banco para no caerme, olor a sexo mezclado con perfume de tienda. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Yo me tensé, él no paró, me clavó más hondo. Sudor goteando, tetas botando, su mano pellizcándome el clítoris. ‘Me corro… shhh’, susurré. Él aceleró, polla hinchada, y me llenó de leche caliente, chorros dentro, resbalando.

Respirando agitados, nos arreglamos rápido. Me limpié con un kleenex del bolso, pero sentía su semen chorreando en el tanga. Salí primero, sonrisa inocente: ‘Me lo llevo’. Él detrás, disimulando el bulto. En caja, pagué temblando, piernas flojas, coño palpitando aún. Clientas alrededor sin saber que acababa de ser follada como una puta allí mismo. Caminamos al coche, riendo bajito. ‘Eres una guarra’, me dijo. Y yo, mojada de nuevo: ‘Repetimos pronto’. Dios, qué subidón el riesgo, los espejos, las voces… inolvidable.

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