Follada salvaje en la cabina de probadores con el dependiente

¡Dios, acabo de salir de esa tienda y aún me tiemblan las piernas! Tengo 28 años, soy de Madrid, y soy de las que no dice que no a un buen polvo en sitios públicos. Me encanta esa adrenalina, el miedo a que nos pillen, los gemidos ahogados… Hoy fue épico. Entré en una boutique de ropa sexy, de esas con lencería y vestidos ajustados. Estaba llena de gente, voces por todos lados, música de fondo.

Vi a este chaval, el dependiente. De unos 20 años, moreno, tímido, con esa mirada de niño bueno que estudia o algo. Le pedí ayuda: ‘Oye, ¿me ayudas con unos vestidos? Quiero algo que marque bien el culo’. Se puso rojo, pero sonrió. Me llevó varias prendas: un vestido negro ceñido, unos tangas de encaje, sujetadores push-up. Tocaba las telas, suaves, nuevas, con ese olor a tienda. ‘Pruébate estos’, me dijo bajito.

El flirteo en la tienda y la entrada a la cabina

Cogí un montón y me metí en la cabina grande, al fondo. Espejos por todos lados, fríos al tacto. ‘¿Me ayudas con la cremallera?’, le susurré cuando entró a colgar más ropa. Cerró el rideau. ¡Pum! El corazón me latía fuerte. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’, risas. Él se acercó, nervioso, oliendo a colonia barata. Sus manos rozaron mi espalda al bajar la cremallera de mi top. Sentí su aliento en el cuello. ‘Joder, qué piel más suave’, murmuró. Yo me giré, solo en bragas, y le vi la polla ya medio dura bajo los pantalones. Le toqué por encima: ‘Shhh, no hagas ruido’. El rideau fino, cualquier roce se oía.

No aguantamos. Le bajé la bragueta de un tirón. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, con la punta ya húmeda de pre-semen. ‘¡Mira qué verga tan rica!’, le dije al oído, apretándola. Él jadeó, tapándose la boca. Yo me apoyé en el espejo, frío contra mis tetas duras. Afuera, el tintineo de cintres, pasos. ‘Fóllame ya, pero calladito’, le rogué. Se puso un condón rápido –buen chico– y me entró de golpe. ¡Ay, madre! Su polla me abría el coño como un puño, resbaladizo de mis jugos. Empecé a mover el culo contra él, vaivenes cortos, brutales. Los espejos multiplicaban todo: mi cara de puta en éxtasis, su polla entrando y saliendo, mis tetas botando.

El polvo brutal detrás del rideau y la salida discreta

‘¡Joder, qué coño más apretado!’, gruñó bajito, mordiéndose el labio. Yo me tapaba la boca para no gritar. Sus embestidas eran salvajes, pero controladas: plaf, plaf, suave para no golpear el tabique. Sudor goteando, el olor a sexo impregnando la cabina. Le metí la mano atrás, tocándole las bolas peludas, apretándolas. ‘Córrete dentro, lléname’, le susurré. Él aceleró, follándome como un animal, mi clítoris rozando su pubis. Me corrí primero, mordiendo su hombro: un orgasmo que me dejó temblando, el coño contrayéndose alrededor de su polla. Él no aguantó: ‘Me vengo… ¡ahhh!’, un gemido ahogado. Sentí su leche caliente llenando el condón.

Nos quedamos jadeando, pegados, un minuto eterno. Afuera, ‘¿Necesitas otra talla?’. Rápido: nos vestimos. Yo con el vestido nuevo, él ajustándose la polla aún semi-dura. Abrí el rideau, sonriendo inocente: ‘Me lo llevo todo’. En caja, nos miramos de reojo, el secreto quemándonos. Pagué, salí con las bolsas, el coño palpitando, semen residual goteando en mis bragas. Caminé por el centro comercial como si nada, pero reviviendo cada embestida en mi cabeza. ¿Volveré? ¡Claro, ese chaval tiene mucho que aprender aún!

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