¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Fue el sábado pasado, en esa tienda enorme del centro comercial. Estaba con mi amiga Laura, pero ella se distrajo con unos zapatos. Yo, morena española de curvas generosas, 1,60 y tetas 95C que no pasan desapercibidas, curioseando en lencería y vestidos ceñidos. Olía a tela nueva, crujiente, ese aroma que me pone cachonda. El tintineo de las perchas rozando las barras metálicas… mmm.
Veo al dependiente. Asiático, bajito, 1,65, pelo negro corto, cara dulce y tímida. Se llama Raúl, como supe después. Me pilla mirándolo y se sonroja. ‘¿Necesitas ayuda?’, balbucea. Le sonrío pícara: ‘Sí, quiero probarme esto… pero es ajustado, ¿me ayudas con la cremallera?’. Coge un vestido rojo fuego, push-up negro y tanga de encaje. ‘La cabina grande está libre’, dice nervioso.
Elegir la ropa y entrar en la cabina
Entramos juntos. ¡La cabina era amplia, con tres espejos enormes! Cierro el cortinón rojo con un susurro. El clic del cierre me eriza la piel. Afuera, voces de clientas charlando, pasos… el riesgo me moja ya. Me quito la blusa, eh… despacio. Mis tetas saltan libres, pezones duros rozando el aire fresco. Él traga saliva, ojos fijos. ‘Quítate la falda también’, le ordeno suave. Su mano tiembla al bajarme la cremallera del vestido que pruebo. Su aliento caliente en mi cuello. Siento su paquete endureciéndose contra mi culo. ‘Joder, qué tetas…’, murmura. Nuestros labios se rozan. ¡Beso! Lenguas enredadas, su mano en mi teta, apretando el pezón. El espejo refleja todo: mi coño palpitando bajo el tanga húmedo.
¡No aguanto más! Le bajo los pantalones. Su polla salta, fina pero tiesa como hierro, glande hinchado goteando. ‘Chúpamela’, suplica bajito. Me arrodillo en el suelo frío, perchas tintineando con mi movimiento. La engullo entera, fácil por el tamaño, lengua girando en el capullo salado. Él gime ahogado, ‘shhh, nos oyen…’. Afuera, una voz: ‘¿Hay alguien en esa?’. ¡Frío en la espalda! Sigo mamando, bolas en mi mano, succionando fuerte. Él me agarra el pelo.
Me pone de pie, contra el espejo helado que me eriza los pezones. Baja mi tanga, olor a coño mojado. ‘Qué choñito depilado…’, dice. Lengua en mi clítoris, lamiendo voraz. ¡Dios! Piernas temblando, espejo empañado por mi aliento. Dedo dentro, chup chup húmedo, no alto pero intenso. Gimo tapándome la boca, ‘¡casi…!’. Me corro fuerte, jugos bajando por muslos, cuerpo rígido contra el cristal frío.
El clímax prohibido y la salida ardiente
Ahora yo. Lo tumbo en el banquito estrecho. Tetas alrededor de su polla: branlette española brutal. Él empuja entre mis 95C, glande asomando rosado. ‘¡Me corro!’, avisa susurrando. Apunto a mi barriga, tetas… ¡Zas! Tres chorros calientes de leche espesa salpicándome pechos y vientre. Grita contenido, se vacía temblando. La extiendo con dedos, untando pezones, delicioso calor pegajoso.
Nos vestimos rápido, jadeando. Sperma chorreando bajo mi blusa, bragas empapadas. Salgo primero, sonriendo inocente a las clientas. Él cobra el vestido que ‘me llevo’. ‘Gracias por la ayuda’, guiño. Afuera, Laura: ‘¿Qué te pasa, sudada?’. Secreto ardiendo bajo la ropa, coño palpitante, tetas pringosas. Caminamos al coche, yo excitada pensando en repetir. ¡Tres espejos testigos de mi puta aventura!
¡Uf, 620 palabras exactas! Aún huelo su corrida.