Ay, qué nervios tengo solo de recordarlo. Mi padre acababa de morir, estaba hecha mierda, con el piso vacío sin Marc que andaba de viaje. Necesitaba distraerme, así que salí a comprar ropa. Entré en esa tienda del centro, llena de gente, voces por todos lados, el roce de las perchas metálicas chocando. Elegí un vestido negro ajustado, unos vaqueros sexys y un top escotado. La dependienta, una morena guapísima de unos cincuenta, con melena al cuadrado y curvas que se marcaban bajo la blusa blanca… Isabelle, se llamaba. Me sonrió con esa mirada que te calienta por dentro. ‘¿Quieres que te ayude en el probador?’, dijo con voz suave. Dudé un segundo, el corazón latiéndome fuerte, pero dije que sí.
Entramos juntas en la cabina estrecha. El olor a tela nueva, fresco, me invadió. Cerró el cortinón rojo con un siseo suave, y bum, el mundo se redujo a nosotros dos, los espejos por todas partes reflejando mi cuerpo y el suyo. Empecé a quitarme la camiseta, el sujetador asomando, pezones ya duros por el aire frío. Ella se acercó, ‘Déjame ver cómo te queda’, murmuró, su aliento en mi cuello. Sus manos rozaron mi espalda desnuda, textura suave de sus dedos. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’ Mi pulso se aceleró. Me puse el vestido, ceñido, y ella ajustó la cremallera despacio, sus tetas rozando mi espalda. En el espejo, vi su escote, encaje negro asomando. ‘Estás increíble’, susurró, y su mano bajó a mi cintura. Me giré, nuestros ojos se clavaron. El silencio era eléctrico, solo el zumbido lejano del tienda.
Elige la ropa y entra en la cabina: la tensión sube al cerrar el cortina
No sé quién dio el primer paso. Nuestros labios chocaron, beso húmedo, lenguas enredándose con hambre. ‘Shhh’, dijo ella tapándome la boca, pero yo gemí bajito contra su palma. Sus manos bajaron mi vestido de un tirón, quedé en bragas y sujetador. El espejo multiplicaba todo: mi culo expuesto, sus dedos clavándose en mis nalgas. Afuera, pasos, risas. Me arrancó las bragas, el elástico chasqueando. ‘Estás empapada, puta’, gruñó bajito en mi oído. Dos dedos directos a mi coño chorreante, resbalando entre labios hinchados. ‘¡Joder!’, ahogué un grito mordiéndome el labio. Me doblo contra el espejo frío, tetas aplastadas, pezones rozando el vidrio helado. Ella de rodillas, lengua lamiendo mi clítoris hinchado, chupando como loca. ‘Quieta, que nos oyen’, jadeó, pero metía la lengua profunda, sorbiendo mis jugos. Yo me mordía el puño, caderas empujando contra su cara. Sus dedos entraron, tres, follando mi coño con ritmo brutal, chapoteo húmedo que intentábamos tapar con gemidos ahogados.
El sexo brutal en silencio: dedos, lenguas y orgasmos contenidos
Me corrí como una perra, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de sus dedos. ‘¡Sí, así!’, susurró ella lamiendo todo. Pero no paró. Me giró, me sentó en el banquito duro, abrió mis piernas. ‘Ahora tú’, ordenó. Le bajé los pantalones, tanga negra calada. Su coño pelirrojo, labios gordos relucientes. Lamí su clítoris, salado, ella gimiendo bajito ‘¡Coño, qué lengua!’. Dedos en su culo apretado mientras la comía, espejos mostrando su cara de vicio. Afuera, la cajera gritó ‘¡Próximo cliente!’. Nos corrimos juntas, ella empapándome la cara, yo ahogando gritos en su muslo.
Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. El vestido comprado colgaba intacto. Salimos, ella delante, yo con las bragas húmedas pegadas, coño palpitando aún. En caja, pagué temblando, su mirada pícara cruzando la mía. ‘Vuelve pronto’, guiñó. Caminé por la tienda con el secreto ardiendo bajo la ropa, jugos resbalando por mis muslos, sonriendo como idiota. Dios, qué subidón. Nunca olvidaré esos espejos ni su lengua en mi coño.