Mi polvo salvaje en la cabina de prueba con mi ‘tío’ Gérard

¡Dios, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas! Soy Sophie, acabo de graduarme con honores y estoy de vacaciones en el sur de Francia con mi ‘tía’ Nadia y su marido Gérard, que tiene solo 35 años, un bombón. Nadia no está, se fue a un desfile, así que Gérard me lleva de compras para celebrar. ‘Elige lo que quieras, preciosa’, me dice con esa sonrisa pícara. Entro en la tienda, el aire acondicionado me eriza la piel, toco las telas suaves, nuevas, ese olor a limpio que me pone. Cojo un vestido corto rojo, unos vaqueros ajustados y un top escotado. Gérard me sigue, ‘necesito tu opinión, ¿eh?’, susurra, rozándome el culo ‘sin querer’.

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Miro alrededor, hay gente: una pareja murmurando, una mamá con niños gritones. ‘Vamos al probador grande’, digo, el corazón latiéndome fuerte. Él asiente, coge más ropa como excusa. Entro primero, el suelo frío bajo mis sandalias, cuelgo los vestidos en la barra, tintinean los perchas. Gérard se mete detrás, cierra el visillo rojo con un susurro. ‘Shhh, ¿estás loca?’, ríe bajito, pero sus ojos en el espejo triple me devoran. Mi vestido ligero se sube un poco, ve mi tanga rosa. Me pego a él, ‘ayúdame con la cremallera’, miento, rozando su paquete que ya está duro. El espejo enfrente nos refleja perfectos, él detrás de mí, manos en mis caderas. Oímos voces fuera: ‘¿Te queda bien ese?’. La tensión es brutal, mi coño ya palpita, húmedo. Le beso el cuello, él me aprieta los pechitos pequeños contra el espejo helado, mis pezones duros como piedras.

Entrando en la cabina: la tensión sube

No aguanto más. Me giro, le bajo los pantalones de un tirón, su polla sale tiesa, gorda, venosa, saltando libre. ‘Joder, qué rica estás’, gruñe bajito, tapándome la boca con una mano. Yo me arrodillo en el suelo sucio, la boca llena de su verga, chupando fuerte, saliva goteando, el sabor salado me vuelve loca. Él me agarra el pelo, folla mi garganta despacio para no hacer ruido, pero gimo ahogado. ‘Para, nos oyen’, susurra, pero me pone de pie, me quita el tanga de un jalón, tela rasgándose un poco. Me empotra contra el espejo, piernas abiertas, su polla embiste mi coño empapado de golpe. ¡Ay, la hostia! Entra hasta el fondo, dura como hierro, me parte en dos. Bombeamos fuerte, piel contra piel chapoteando suave, mi clítoris rozando su pubis. En los espejos lo vemos todo: mi cara de puta, sus huevos golpeándome el culo, el visillo moviéndose un poco. ‘Cállate, zorrita’, me dice mordiéndome el hombro, pero él jadea ronco. Cambio, me sube encima, polla clavada, rebotando calladita, tetas brincando. Oímos pasos fuera, ‘¿todo bien ahí?’. Casi me corro ahí, el morbo me mata. Él acelera, me folla brutal, dedos en mi culo, ‘me vengo, joder’. Eyacula dentro, chorros calientes llenándome, yo exploto temblando, mordiéndome el labio hasta sangrar, coño contrayéndose ordeñándole todo.

Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. Le pongo su camisa a medio abotonar, mi tanga rota en el bolsillo. Salimos, sonrojados, pelo revuelto. La dependienta nos mira raro, ‘¿se les ofrece algo?’. ‘Sí, me llevo todo’, digo con voz temblorosa, coño goteando su leche por mis muslos. Pagamos, salimos al calor, su mano en mi culo disimulado. Nadie sabe el secreto ardiendo bajo mi ropa, ese polvo público inolvidable. Aún siento su polla dentro, quiero más…

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