Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el sábado pasado, acababa de salir del curro, sudada y cachonda después de una semana loca. Entré en esa tienda chic del centro, llena de gente: madres con niños, parejas murmurando, el ruido constante de bolsas y tacones. Vi unos vestidos ajustados, rojos y negros, con escotes que gritaban ‘fóllame’. Elegí tres, el corazón latiéndome fuerte. El vendedor, un moreno alto, ojos verdes, sonrisa pícara… Dios, medía 1,85, camiseta ceñida marcando pectorales. Me miró de arriba abajo: ‘¿Necesitas ayuda, guapa?’. ‘Sí, eh… para probármelos’, dije, voz ronca.
Cogí las perchas, tintineo metálico de las cintres chocando. Subí las escaleras chirriantes al piso de probadores. Cabina grande al fondo, espejo enorme en tres paredes, rideau rojo semitransparente. ‘Pruébate estos, si quieres te ayudo con la cremallera’, dijo siguiéndome. Cerré el rideau, ras ras del tejido. Me quité la blusa, piel erizada por el aire frío. El vestido rojo, tela nueva suave como seda, oliendo a limpio. Me lo puse, ajustado al coño, pezones duros contra el espejo helado. ‘¿Te ayudo?’, susurró desde fuera. Voces de clientes al lado: ‘Ese te queda fatal’. Abrí un poco: ‘Sí, ven… la cremallera’. Entró, cuerpo pegado al mío, olor a colonia masculina. Sus manos en mi espalda, bajando lento, rozando piel. ‘Joder, qué cuerpo’, murmuró. Me giré, tetas contra su pecho. Nuestros ojos… boom.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
El rideau crujió al cerrarse del todo. Sus labios en mi cuello, mordisqueo suave. ‘Shhh, hay gente’, gemí bajito. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Yo palpé su polla, ya tiesa bajo el pantalón. ‘Qué dura…’, susurré. La saqué, verga gruesa, venosa, cabeza hinchada. La chupé, rodillas en el suelo frío, sabor salado, glups profundos sin ruido. Él jadeaba, mano en mi pelo: ‘Para… te follo ya’. Me levantó, contra el espejo: culo al aire, vestido subido. Dedos en mi coño empapado: ‘Estás chorreando, puta’. Entró de golpe, polla abriéndome, ‘¡Ahhh!’, mordí mi labio. Follando duro, plaf plaf suave contra carne. Espejos everywhere: veía mi cara de zorra, sus huevos golpeando, coño tragándosela. ‘Más… pero calladito’, susurré. Él tapó mi boca, bombeando salvaje, clítoris frotando espejo frío. Gemidos ahogados: ‘Me corro… joder’. Chorros calientes dentro, piernas temblando.
Se retiró, semen goteando muslos. Rápido: limpié con kleenex, arrugas de tela nueva. Él: ‘Elige el rojo, te lo regalo’. Bajamos, piernas flojas, coño palpitando bajo braguita húmeda. En caja, sonriendo inocentes, voces clientes zumbando. ‘Gracias, guapo’, pagué, secreto ardiendo. Salí, aire fresco en piel caliente, polla suya grabada. Aún huelo su semen. ¿Repetimos?