¡Dios, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas! Fui con Pablo, mi nuevo compañero de piso, ese moreno musculoso que me tiene loca desde el día uno. Ese tío es puro sexo: alto, con abdominales que se marcan bajo la camiseta, y una sonrisa que promete folladas épicas. Íbamos de compras a un centro comercial grande, en busca de ropa sexy para una fiesta. Elegí un vestido rojo ajustado, corto, que me marca el culo perfecto, y unas bragas de encaje negro. Él cogió unos pantalones vaqueros y una camisa blanca ceñida. ‘Vamos a probárnoslo juntos’, me dijo guiñando el ojo, con esa voz grave que me moja al instante.
Entramos en una cabina amplia, de esas con espejo enorme por todos lados y un rideau fino que no esconde nada. El tintineo de las cestas al colgarse en el gancho, el roce del plástico de las etiquetas… olor a ropa nueva, fresco y limpio. Cerré el rideau con un susurro, shhh, y nos miramos en el espejo. Nuestros ojos se clavaron, el corazón latiéndome fuerte. ‘Estás buenísima’, murmuró él, acercándose. Su mano rozó mi cintura, subiendo despacio por mi espalda. Yo sentí su polla ya medio dura contra mi muslo. Voces de clientes fuera, risas, pasos… el frisson me ponía a mil. Me quité la blusa, dejando ver mis tetas firmes sin sujetador, pezones duros como piedras. Él se lamió los labios. ‘Joder, qué ganas de comértelas’. Tension pura, el aire cargado de deseo.
Entrando en la cabina: la tensión sube
No aguantamos más. Me giré, apoyándome en el espejo frío que erizó mi piel. Él me bajó la falda de un tirón, exponiendo mi culo redondo y mis bragas empapadas. ‘Mira cómo estás de mojada, puta cachonda’, gruñó bajito. Metió la mano dentro, dedos gruesos rozando mi coño hinchado, labios abiertos y jugosos. Gemí suave, mordiéndome el labio: ‘Shhh, Pablo, nos van a oír… pero no pares’. Se arrodilló, lengua caliente lamiendo mi raja, chupando el clítoris con hambre. El espejo reflejaba todo: mi cara de placer, tetas botando, su cabeza entre mis nalgas. Afuera, una voz: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, gracias’, respondí yo, voz temblorosa, mientras él metía dos dedos en mi chochito y los movía rápido, chapoteando.
El polvo brutal y el clímax prohibido
Me puse de rodillas, le bajé los pantalones. Su polla saltó libre, gorda, venosa, cabezota morada palpitando. ‘Mmm, qué pollaón’, susurré, tragándomela hasta la garganta. Él jadeaba, manos en mi pelo: ‘Joder, chúpala bien, que luego te la clavo’. Pero quería más. Me levantó, me pegó al espejo, piernas abiertas. Escupió en su mano, untó su verga y la frotó en mi entrada. ‘Te voy a follar el coño primero’, dijo. Empujó de golpe, llenándome entera. ¡Ay! Gemido ahogado, su polla gruesa abriéndome, rozando cada pared. Ritmo brutal pero silencioso: plac-plac contra mi culo, yo mordiendo su hombro. Cambió: ‘Ahora el culo, ¿eh?’. Saliva en mi ano, dedo primero, luego la punta. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome. ‘¡Qué apretado está tu culito!’, gruñó. Yo: ‘Sí, métemela toda, despacio… ohhh’. Follada anal intensa, espejos mostrando su polla entrando y saliendo, mis tetas rebotando, jugos chorreando por las piernas. Orgasmo mío primero: coño contrayéndose, ano apretándolo, mordí mi mano para no gritar. Él se corrió dentro, llenándome de leche caliente, gruñendo bajito.
Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. El vestido rojo ahora pegado a mi piel húmeda, semen goteando por mi muslo interno. Salimos de la cabina, caras rojas, sonrisas cómplices. La dependienta nos miró raro: ‘¿Todo bien?’. ‘Perfecto, nos lo llevamos todo’, dijo él, pagando con mi coño aún palpitando. Caminamos por el magasin, secreto ardiendo bajo la ropa, miradas de clientes ajenas. En el coche, ya pensando en la próxima. ¡Qué subidón, joder!