Follada salvaje en el probador con un desconocido

Estaba en esa tienda de ropa del centro comercial, un sábado por la tarde. Yo, con mis 50 tacos, mis 90 kilos bien puestos en 1,60 m, curvas generosas: muslos gruesos, tripa redonda, tetas enormes que desbordan cualquier sujetador. Elegí un vestido ajustado negro, ceñido a mi monte de Venus que siempre se marca tanto, y una blusa blanca semitransparente. El dependiente, un tipo de unos 40, moreno, con mirada pícara, me ayudaba. Nuestras manos se rozaron al pasarme las prendas. ‘¿Quiere probárselas?’, dijo con voz baja. Le miré fijo, sonriendo: ‘Ven, ayúdame en el probador’.

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Entramos juntos. El espacio era diminuto, espejos por todos lados reflejando mi culo gordo y redondo. Corrí el visillo, ese roce metálico… clic. Afuera, voces de clientas, risas, pasos. Mi corazón latía fuerte. Él se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Eres… voluptuosa’, murmuró. Empecé a quitarme la falda, despacio, dejando ver mi braga blanca de encaje, ya un poco húmeda. El pantalón negro que llevaba se tensaba en mi chocho abultado, las labios mayores marcadas. Él tragó saliva. Toqué su polla por encima del pantalón: dura ya. ‘Shhh, no hagas ruido’, le susurré, mientras frotaba mi muslo contra el suyo. El espejo frío contra mi espalda me erizó la piel. Cintres tintineando al colgar mi ropa. Su mano en mi tripa, bajando… bajando.

La elección de la ropa y la entrada en la cabina

No aguanté. Le besé el cuello, lengua adentro. Él me manoseó las tetas por el sujetador, pellizcando pezones duros. ‘Joder, qué tetazas’, jadeó bajito. Me giré, apoyada en el espejo, culo en pompa. Él bajó mi braga, exponiendo mi coño peludo, labios hinchados, olor fuerte ya. ‘Lámelo’, le ordené suave. Se arrodilló, lengua en mi raja, chupando la humedad. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Yo mordí mi labio, gemí ahogado. Sus dedos abrieron mi culo, lamiendo ano. Mi tripa temblaba, tetas balanceándose. Le cogí la cabeza: ‘Más adentro, cabrón’. Mi coño chorreaba, él lo bebía todo. Me corrí primero, piernas temblando, apretando su cara contra mi monte púbico peludo hasta el ombligo.

El sexo brutal y la salida con el secreto

Ahora yo mandaba. Le bajé los pantalones: polla gruesa, venosa. ‘Chúpamela’, gruñí. Me puse de rodillas, el suelo frío, su verga en mi boca. La mamé hondo, saliva goteando, bolas en mi mentón. Él gemía contenido: ‘Para… voy a…’. No, aún no. Me levanté, contra el espejo, abrí piernas. ‘Fóllame ya’. Condón del bolsillo, rápido. Entró de un golpe en mi coño empapado. ¡Joder! Golpes secos, brutales, mi culo chocando contra él. Espejos multiplicando: veía mi cara de puta, tetas rebotando, su polla entrando y saliendo de mi raja glauca. ‘Cállate, amor, nos oyen’, susurré excitada. Sudor, olor a sexo, bragas en el suelo. Él me pellizcó el clítoris, yo me corrí otra vez, mordiendo su hombro. Él eyaculó dentro, gruñendo bajo.

Recogí rápido. Bragas húmedas de nuevo, vestido puesto, pero mi coño goteaba semen. Salimos. Él fingió: ‘¿Le queda bien?’. Sonreí: ‘Sí, me lo llevo’. En caja, piernas flojas, secretito quemando bajo la falda. Clientas mirando, ajenas. Pagamos, nos miramos: volveremos. Esa noche olí mi braga pensando en su polla.

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