¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Fui a esa tienda de ropa el sábado pasado, buscando un vestido ajustado para una cena. Y de repente, lo vi: Lionel, mi profe de filosofía del instituto. Barba gris, ojos pícaros. Me reconoció al instante. ‘¡Aline! ¿Qué tal?’, dijo con esa voz grave que siempre me erizaba la piel.
Charlamos un rato entre perchas. Risas nerviosas, recuerdos… Él me ayudó a elegir lencería sexy, ‘para verte como mereces’, murmuró. Cogí un sujetador push-up negro y una falda lápiz. ‘¿Me ayudas a probármelo?’, le dije juguetona, guiñándole el ojo. Asintió, mordiéndose el labio.
La tensión sube al cerrar la cortina
Entramos en el probador grande, el de tres espejos. El tintineo de las cestas al colgarse, el roce suave del tejido nuevo contra mi piel. Cerré la cortina. ¡Zas! El mundo se redujo a nosotros. Oí voces de clientas fuera, risas lejanas. Mi corazón latía fuerte. Me quité la blusa despacio, dejando ver mi sujetador. Él tragó saliva. ‘Estás… increíble’, susurró, acercándose. Sus manos rozaron mi cintura, frías del aire acondicionado.
El espejo reflejaba todo: mi culo redondo, sus ojos hambrientos. Me besó el cuello, mordisqueando. ‘Shhh, nos oirán’, gemí bajito. Pero ya estaba mojada, mi coño palpitando. Le bajé la cremallera del pantalón. Su polla saltó dura, gruesa, venosa. ¡Joder, qué pedazo! La agarré, masturbándola lento. Él jadeó, tapándome la boca con la mano. ‘Cuidado con el ruido’, dijo ronco.
Me giró contra el espejo. Frío en mis tetas desnudas, pezones duros rozándolo. Me levantó la falda, apartó mi tanga. ‘Estás chorreando’, gruñó, metiendo dos dedos en mi coño empapado. Gemí ahogado, mordiéndome el labio. Oí pasos fuera, una voz: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí… perfecto’, respondí temblando.
El clímax en silencio y la salida caliente
No aguanté más. ‘Fóllame ya’, susurré urgente. Él sacó un condón del bolsillo –¡preparado el cabrón!– y me penetró de un empujón. ¡Aaaah! Su polla me llenó, estirándome delicioso. Embestidas brutas, silenciosas. Plaf, plaf suave contra mi culo. Mis tetas rebotando en el espejo, su barba raspando mi espalda. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeó en mi oreja. Aceleró, una mano en mi clítoris, frotando rápido.
Yo me mordía el brazo para no gritar. El placer subía, oleadas. ‘Me corro… shhh’, siseó él, clavándose hondo. Sentí su polla palpitar, llenando el condón. Yo exploté segundos después, coño convulsionando, jugos bajando por mis muslos. Nos quedamos pegados, sudados, respirando agitado. Espejos empañados, olor a sexo flotando.
Salí primero, falda puesta pero sin bragas –las metí en mi bolso, calientes y húmedas–. Él detrás, fingiendo mirar camisas. En caja, le compré el vestido. ‘Gracias por la ayuda’, le dije con sonrisa inocente. La cajera nos miró raro, pero ¿qué sabría? Caminamos por el magasin, su semen aún tibio en mi mente, mi coño sensible rozando la tela. Fuera, me besó la mejilla. ‘Repetimos?’, guiñó. Sonreí. El frisson público… adictivo.