Follada Brutal en la Cabina de Prueba: Mi Secreto Más Caliente

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado en esa tienda de ropa sexy en el centro. Mi marido y yo, casados ocho años, siempre con el sexo a tope, pero sin meter a nadie más… hasta entonces. Elegimos unos vestidos ajustados, tangas diminutas, sujetadores que marcan pezón. ‘Este te va a poner cachonda’, me susurra él, rozándome el culo disimuladamente. El vendedor, un tío de unos 40, moreno, buen cuerpo, nos mira con ojos de lobo. ‘Si necesitan ayuda en el probador…’, dice con sonrisa pícara.

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Cogemos todo y entramos en la cabina grande, la del fondo, con tres espejos enormes. Cierro el rideau –ras– y ya siento el corazón a mil. Afuera, voces de clientas charlando, pasos, música pop bajita. Él me pega a la pared, sus manos en mi cintura. ‘Mírate en el espejo, puta’, me dice al oído, mientras me quita la blusa. La textura de la ropa nueva, suave, huele a limpio, a deseo. Cuelgo los vestidos –cling, cling– de las cintres, y ya está desabrochándome el sujetador. Mis tetas saltan libres, pezones duros como piedras. Él se baja los pantalones, su polla semi tiesa salta fuera. ‘Chsss, no hagas ruido’, le digo, pero ya le estoy tocando, masturbándolo lento.

Elegimos la ropa y entramos: la excitación explota

La tensión sube como lava. Me gira, me pone de cara al espejo. Veo mi cara sonrojada, sus manos amasando mis tetas, pellizcando. ‘Fóllame ya’, susurro jadeando. Se arrodilla, me baja las bragas –el frío del espejo en mis muslos– y mete la lengua en mi coño. ¡Dios! Lametazos jugosos, chupando mi clítoris hinchado. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Me muerdo el labio para no gemir. Su polla ahora dura como hierro, la froto contra el cristal helado. Me levanto las bragas a un lado, él se pone de pie y –¡zas!– empuja su verga gruesa en mi chochito mojado. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñe bajito. Empieza a bombear, lento al principio, mirándonos en los tres espejos. Mi coño chupa su polla, jugos bajando por mis piernas.

El polvo sin frenos y la salida con el secreto

Acelera, plac, plac contra mi culo. Tapo mi boca con la mano, pero gimo igual: ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Él me agarra el pelo, me folla como animal, sus huevos golpeando mi clítoris. Veo en el espejo mi cara de zorra, tetas botando, su polla entrando y saliendo, brillante de mis fluidos. El rideau tiembla un poco –¡mierda, alguien pasa cerca!–. ‘Córrete dentro’, le ruego ahogada. Él aprieta dientes, bombea furioso, y siento su leche caliente llenándome el coño. ¡Exploto yo también! Piernas flojas, clítoris palpitando, orgasmo silencioso pero brutal, mordiéndome el hombro.

Se retira, semen chorreando por mi muslo. Rápido, me limpio con la tanga nueva –huele a sexo ahora–. Me visto temblando, el vestido pegado a mi piel sudada, sin bragas, su corrida dentro. Él se sube todo, cara de satisfacción. Abro el rideau –ras– con sonrisa inocente. El vendedor ahí, fingiendo ordenar, pero su polla abultada en el pantalón lo delata. ‘¿Todo bien?’, pregunta con voz ronca. ‘Perfecto, nos lo llevamos todo’, digo coqueta, sintiendo el semen resbalando. Pagamos en caja, piernas juntas para no manchar, secretito quemando bajo la ropa. Afuera, miro a mi marido: ‘La próxima, que entre él’. Uf, qué subidón.

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