¡Dios, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Laura, 25 años, de Madrid, y soy una puta abierta al sexo en cualquier sitio. Ayer entré en esa tienda de ropa íntima del centro, buscando algo sexy para mi novio. El vendedor, un tío de unos 35, moreno, musculoso, con esa sonrisa de lobo, me miró de arriba abajo. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo con voz grave. Le pedí probar unas braguitas de encaje y un body negro. Cogí varios, el tintineo de las perchas sonaba en el probador vacío. Elegí el de la esquina, grande, con espejo enorme por todos lados.
Entré, cerré el rideau rojo, ese roce suave del tejido nuevo contra mi piel. Me quité la falda, la blusa, quedé en tanga. El espejo reflejaba mi culo redondo, tetas firmes. Oí voces fuera, clientas charlando. De repente, ‘¿Te queda bien?’, su voz al otro lado. ‘Pasa, ayúdame con el cierre’, le dije, con el corazón acelerado. Entró, el espacio se achicó. Su cuerpo cerca, olor a colonia y hombre. ‘Joder, qué guapa’, murmuró, sus manos en mi espalda, rozando mi piel. El rideau se cerró del todo, y la tensión explotó. Su aliento en mi cuello, yo arqueé la espalda. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurré, pero ya sentía su polla dura contra mi culo a través del pantalón.
Elegí la lencería y la tensión empezó al cerrar el rideau
No aguantamos. Me giré, le bajé la cremallera de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Mmm, qué polla más rica’, gemí bajito. Me arrodillé en el suelo frío, el encaje nuevo raspando mis rodillas. La chupé despacio al principio, lengua en el glande, saboreando ese gusto salado. Él jadeaba, mano en mi pelo: ‘Joder, Laura, trágatela toda’. Afuera, pasos, risas de mujeres. Yo aceleré, mamada profunda, huevos en mi barbilla. El espejo mostraba todo: mi boca llena, su cara de placer. Se puso de pie, me levantó contra el espejo. Frío en mi espalda desnuda, tetas aplastadas. ‘Fóllame ya’, le rogué. Me abrió las piernas, tanga a un lado, dedo en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta’, gruñó. Entró de golpe, su polla abriéndome en dos. ¡Ay! Mordí su hombro para no gritar.
El polvo crudo contra el espejo y la salida con su leche dentro
Me taladraba fuerte, pero controlado, culazos silenciosos. Plaf, plaf suave contra el espejo. Mis tetas rebotando, reflejadas por todos lados. Veía mi coño tragándosela, labios hinchados, jugos bajando por mis muslos. ‘Más profundo, joder, rómpeme’, susurraba entre dientes. Él me tapaba la boca con una mano, la otra pellizcando mi clítoris. Oí: ‘¿Todo bien ahí?’, una voz fuera. ‘Sí… perfecto’, balbuceé, mientras él me empotraba. Su polla hinchada, vena pulsando. ‘Me corro… agárrala’, jadeó. Jets calientes dentro, llenándome el coño. Gemí ahogado, orgasmo brutal, piernas temblando. Se quedó quieto, besándome el cuello, polla aún dura.
Salió despacio, semen goteando por mi muslo. Me limpié rápido con la tanga nueva, pero dejé algo dentro, ese secreto caliente. Él salió primero: ‘Si necesitas más tallas…’. Yo me vestí, falda pegajosa, coño palpitando. Salí, cara roja, pelo revuelto. En caja, él sonrió: ‘¿Te llevas todo?’. ‘Sí, perfecto’, dije, pagando con su leche resbalando. Caminé por la tienda, clientas ajenas, yo con su corrida en mi coño. En la calle, aún excitada, queriendo más. ¡Qué subidón, el riesgo de ser pillada!