Follada intensa en la cabina de probadores con el vendedor

Ayer entré en esa tienda de lencería del centro comercial, el corazón ya latiéndome fuerte. Quería algo provocador, un conjunto de encaje negro, transparante, que me hiciera sentir puta. Cogí un tanga diminuto, un sujetador push-up y un vestido corto ceñido. El vendedor, un moreno de unos 30, ojos oscuros y sonrisa pícara, se acercó. ‘¿Necesitas ayuda con los probadores?’, dijo con voz grave. Le miré de arriba abajo, su camisa ajustada marcando pectorales. ‘Sí, ven conmigo’, le susurré, mordiéndome el labio.

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El tintineo de las perchas al colgar la ropa en la cabina. Olía a tela nueva, fresco, con un toque de su colonia masculina. Cerré el rideau delgado, ese trozo de tela que nos separaba del mundo. Afuera, voces de clientas charlando, risas, pasos. Él entró detrás, pegado a mí, su aliento caliente en mi cuello. ‘Shhh, no hagas ruido’, murmuró, mientras sus manos ya subían por mis muslos. Me giré, le besé con hambre, lenguas enredadas, salivando. Sus dedos desabrocharon mi blusa, bajaron el sujetador. Mis tetas saltaron libres, pezones duros rozando el aire frío.

La elección y la tensión inicial

Me empujó contra el espejo, el cristal helado contra mi espalda, erizándome la piel. ‘Estás empapada ya’, gruñó, metiendo mano bajo mi falda. Sí, mi coño chorreaba, bragas húmedas pegadas. Las apartó, dos dedos gruesos entraron de golpe, chapoteando suave. Gemí bajito, mordiéndome el puño para no gritar. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Él tapó mi boca con la otra mano, follándome con dedos, pulgar en el clítoris, frotando rápido. ‘Quiero tu polla’, le supliqué en silencio, bajándole el pantalón. Joder, qué verga dura, gruesa, venosa, goteando precum. La cogí, masturbandola lento, sintiendo latir.

El clímax prohibido y la salida

Me dio la vuelta, falda arriba, tanga a un lado. La punta rozó mi entrada, resbaladiza. Empujó fuerte, toda de una, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder!’, ahogué el grito contra su mano. Empezó a bombear, salvaje pero controlado, placaplac suave contra mi culo. El espejo reflejaba todo: mi cara de zorra, tetas rebotando, su polla entrando y saliendo de mi coño rasurado, jugos bajando por muslos. Sudor perlando su frente, mis uñas clavadas en sus caderas. ‘Córrete dentro’, le rogué, voz ronca. Aceleró, bolas golpeando mi clítoris, yo me mordía el labio hasta sangrar. Olas de placer subiendo, coño contrayéndose alrededor de su tronco. Él gruñó bajo, eyaculando chorros calientes, llenándome, semen desbordando.

Yo exploté segundos después, temblores, piernas flojas, ahogando gemidos en su cuello. Sudados, jadeantes, nos separamos. Rápido, me limpié con el tanga nuevo, lo metí en la bolsa. Él se subió el pantalón, sonrisa cómplice. ‘Gracias por la ayuda’, le dije bajito, abriendo el rideau. Salí temblando, coño palpitando con su leche dentro, bragas húmedas restregando. En caja, pagué el conjunto, fingiendo normalidad. La cajera sonrió: ‘¿Todo bien en el probador?’. ‘Perfecto’, contesté, ruborizada, sintiendo el semen gotear. Caminé por el pasillo, piernas débiles, excitada aún, el secreto quemándome bajo la ropa. Todavía lo huelo, lo siento. Quiero volver.

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