Era agosto del 2006, hacía un calor de cojones en Bruselas. Mi marido y yo llevábamos diez años juntos, pero el deseo no se apagaba, al revés, ardía más. Habíamos tenido nuestras movidas con el vibrador que compré por internet, pero esa tarde… uf, algo explotó. Fuimos a una tienda de ropa en el centro comercial, buscando algo sexy para el verano. Elegí un vestido ligero, ceñido, de esos que marcan el culo y los pechos. También unas braguitas de encaje y un top sin sujetador. ‘¿Me ayudas a probármelo?’, le dije con una sonrisa pícara. Él asintió, los ojos ya brillantes.
Entramos en la cabina grande, con espejo por todos lados. El rideau se cerró con un susurro, pero se oían voces fuera: clientas charlando, pasos, el tintineo de perchas. El aire olía a tela nueva, fresco, con un toque químico. Me quité la camiseta, el sujetador saltó libre. Mis tetas firmes, aún después de dos hijos, rebotaron un poco. Él tragó saliva. ‘Joder, estás cañón’, murmuró bajito. Yo me metí el vestido, la tela suave rozando mi piel sudada. Me giré, vi mi culo en el espejo, redondo, perfecto. Su mano ya estaba en mi cadera. ‘Shh, no hagas ruido’, le dije, pero mi coño ya palpitaba.
Entrando en la cabina: la tensión sube
La tensión crecía. Sus dedos bajaron por mi espalda, levantando el vestido. El espejo multiplicaba todo: mi cara sonrojada, sus ojos hambrientos. Fuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Yo mordí mi labio. Él se pegó a mí, su polla dura contra mi culo a través del pantalón ligero. ‘No aguanto’, susurró. Le desabroché el botón, saqué esa verga gruesa, venosa, ya goteando. El frío del espejo en mi mejilla mientras me inclinaba. Lamí el glande, salado, caliente. Él gimió bajito, mano en mi pelo. ‘Cuidado…’. Chupé más profundo, garganta apretada, saliva chorreando. Perchas chocando fuera, nos ponía a mil.
No paramos. Me puse de pie, él bajó mi tanga, esa hilera fina entre mis labios. ‘Estás empapada’, dijo, dedo hurgando mi clítoris hinchado. Gemí suave, mordiendo su hombro. Me abrió las piernas contra el espejo, frío en mis tetas. Su lengua en mi coño, lamiendo la raja, chupando el pelo chorreante de jugos. ‘Deliciosa’, gruñó. Yo temblaba, manos en sus hombros. ‘Fóllame ya… pero calladitos’. Él sacó el vibrador del bolsillo –ese morado nervudo que tanto nos gustaba–. Lo encendió bajito, ronroneo suave. Lo frotó en mis labios, entrándolo lento. Vibraciones en mi chocho abierto, yo ahogué un grito. Fuera, risas. Me folló con él, dos dedos en mi culo apretado. Orgasmo subiendo, caderas ondulando.
El clímax brutal y el escape con secreto
Lo cambié por su polla. A cuatro patas, culo al espejo. Entró de golpe, polla dura rellenándome. ‘Joder, qué prieta’. Embestidas brutales, pero susurros: ‘No grites, amor’. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. Yo empujaba atrás, coño chorreando por sus huevos. El espejo mostraba todo: su verga entrando-salida, lujuriosa, mi cara de puta en éxtasis. ‘Me corro…’, jadeé. Él aceleró, piel contra piel amortiguada. Mi orgasmo explotó, coño contrayéndose, jugos salpicando. Él gruñó, semen caliente llenándome, chorros profundos. Sudados, jadeantes, quietos un segundo.
Salí primero, vestido puesto, tanga dentro arrugada, semen goteando piernas. Cara inocente: ‘Me lo llevo’. Él salió después, sonrisa disimulada. En caja, la cajera: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, dije, piernas temblando. Secretos quemando bajo la ropa, coño palpitante. Caminamos fuera, mano en mano, riendo bajito. Esa follada en cabina… inolvidable. El riesgo, los espejos, las voces… me pone cachonda solo recordarlo.