Ay, chicas, acabo de volver de esa tienda en el centro, aún me tiemblan las piernas. Estaba de compras, ya sabéis, después de limpiar la casa toda la mañana, sudando con el mocho y el trapo de microfibra. Necesitaba algo sexy para esta noche, un vestido ajustado, unas bragas de encaje que me hagan sentir puta en el buen sentido. El olor a ropa nueva me pone, ese plastiquito fresco que te roza la piel.
Entro en la sección de lencería, miro los conjuntos negros, rojos. El vendedor, un moreno alto, con esa sonrisa de lobo, se acerca. ‘¿Necesitas ayuda?’, dice, mirándome las tetas. Le digo que sí, coño, que me ayude a probarme esto. Cojo tres piezas: un body transparente, un tanga diminuto y un sujetador push-up. Me meto en la cabina grande, la de los tres espejos, con él pisándome los talones. ‘Para ver si te queda bien’, susurra. Cierro el rideau, ese ruido rasposo del metal en la barra, y ya siento el calor subiendo.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
Fuera, voces de clientas, risas, el pitido de la caja. Dentro, el espejo frío contra mi espalda cuando me quito la camiseta. Él está ahí, respirando fuerte, ojos clavados en mi coño depilado bajo los vaqueros. ‘Joder, qué guapa’, murmura. Me bajo los pantalones despacio, la tela rozando mis muslos, y me pongo el tanga. Se me marca todo. Él se acerca, mano en mi cintura. ‘Déjame ayudarte con el body’, dice, voz ronca. Sus dedos rozan mis pezones al subir la cremallera. Ya estoy mojada, el corazón latiéndome en la garganta. Le miro en el espejo, su polla dura apretando los pantalones. ‘Shh, no hagas ruido’, le digo, pero yo ya gimo bajito.
No aguanto más. Le bajo la cremallera, saco esa polla gorda, venosa, palpitando. Me arrodillo en el suelo frío, azulejos duros contra las rodillas. La chupo despacio al principio, lengua en el glande, saboreando el precum salado. Él agarra mi pelo, ‘Joder, qué boca’, susurra. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos paramos, risas nerviosas. Sigo mamándola, profunda, hasta la garganta, saliva chorreando. Se pone de pie, me levanta contra el espejo. Frio en las tetas, mi aliento empañándolo. Me abre las piernas, tanga a un lado, y mete dos dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta’, dice. Gimo, mordiéndome el labio.
El polvo brutal y la salida con el secreto ardiendo
Me gira, culazo al espejo, y me la clava de un empujón. Ay, dios, llena hasta el fondo. Folla duro, pero controlado, plac plac bajito contra mi culo. Miro nuestros reflejos: mi cara de zorra, tetas botando, su polla entrando y saliendo, brillando de mis jugos. ‘Más’, susurro, arqueando la espalda. Él me tapa la boca, dedos en mi clítoris. Me corro primero, temblando, coño apretando su verga como un puño. Él gruñe bajito, ‘Me vengo’, y la saca, lechada caliente en mi culo, chorros resbalando por los muslos. Limpio rápido con el tanga, jadeando.
Nos vestimos a toda prisa, cintres tintineando, risas ahogadas. Salgo primero, pelo revuelto, sonrisa inocente. Él detrás, como si nada. En caja, pago el body, ‘Gracias por la ayuda’, le digo guiñando. Fuera, el aire fresco en mi piel pegajosa, semen secándose bajo la falda. Camino por la calle, coño palpitando, secreto ardiendo. Mañana vuelvo, ¿eh? Ese frisson de ser oída, los espejos multiplicando el polvo… adictivo.