Hoy he vivido algo que no olvidaré nunca. Estaba en esa tienda de ropa, oliendo a tela nueva, con el aire acondicionado que te pone la piel de gallina. Elegí unos vestidos ajustados, sexys, de esos que marcan el culo y los pechos. La dependienta, una morenita de unos 20 años, ojos azules, cuerpo delgado pero con curvas perfectas, me ayudaba. Se llamaba algo como Sofía, no sé, pero su sonrisa pícara me ponía ya caliente.
Me metí en la cabina grande, con espejo por todos lados. ‘¿Quieres que te ayude?’, me dijo bajito, mordiéndose el labio. Asentí, el corazón latiéndome fuerte. Cerró el rideau con un siseo suave, y ahí empezó todo. El tintineo de las perchas al colgar mi ropa actual. Su aliento en mi cuello mientras me bajaba la cremallera del vestido. ‘Qué piel tan suave…’, murmuró. Me quedé en bragas y sujetador, mis pezones ya duros rozando el encaje.
La tensión sube al cerrar el rideau
Se pegó a mí por detrás, sus tetas pequeñas contra mi espalda. ‘Shhh, hay gente fuera’, susurró, pero sus manos ya me tocaban los muslos. El espejo reflejaba todo: mi coño empezando a humedecerse bajo las bragas, sus dedos subiendo lentos. Voces de clientes al otro lado, risas lejanas. Me giré, la besé con lengua, saboreando su boca fresca. ‘Estás empapada’, dijo riendo bajito, metiendo la mano dentro. Sí, lo estaba, desde la mañana masturbándome pensando en folladas públicas.
Caímos de rodillas, el suelo frío contra mis rodillas. Le arranqué la blusa, tetas firmes, pezones rosados duros como piedras. Chupé uno, mordí suave, ella gimió ahogado. ‘Cuidado con el ruido…’, pero su mano me metía dos dedos en el coño ya. Glup, glup, el sonido húmedo me volvía loca. El espejo multiplicaba la escena: yo con la boca en su teta, ella fingerándome profundo. Saqué sus dedos, relucientes de mi jugo, y se los metí en la boca. ‘Prueba cómo sabe mi coño’.
El polvo intenso sin hacer ruido
Ella se bajó las bragas, sin vello, coñito rosa y estrecho. ‘Lámeme…’, suplicó. Me puse debajo, lengua en su clítoris hinchado. Lamí lento, chupé el botón, metí la lengua dentro. Olía a sexo puro, salado. Sus caderas se movían, pero tapaba su boca con la mano. Fuera, una voz: ‘¿Dónde está la talla 38?’. Nos miramos, riendo nerviosas. Yo metí un dedo en su coño virgen, apretado, húmedo. ‘¡Ay, despacio!’, jadeó. Lo hice girar, busqué su punto G, esa rugosidad que la hace temblar.
Sacó un dildo doble de su bolso, negro, grueso. ‘Para nosotras’. Lo humedeció con saliva, me lo puso en el culo primero. El rosetón se abrió, frío al principio, luego placer puro. ‘¡Joder, métemelo!’, susurré. Entró lento, me folló anal mientras yo me tocaba el clítoris. Luego la otra punta en mi coño, doble penetración. Gemí contra su boca, mordiéndonos. Sus dedos en mi clítoris, frotando fuerte. Me corrí brutal, jugos chorreando por las piernas, contracciones en coño y culo. Ella después, fist casi, mano dentro apretando su G, gritó ahogado, sangre leve de su virginidad rota, pero placer total.
Nos limpiamos con las bragas, riendo temblorosas. Salí primero, vestido nuevo puesto, coño palpitando aún, semen mío en los muslos. Ella cobró normalita, guiño cómplice. ‘Vuelve pronto’. Caminé por la tienda, espejo reflejando mi cara sonrojada, secreto ardiendo bajo la falda. Afuera, el sol, pero yo aún en éxtasis. ¡Qué follada pública!