Follada salvaje en la cabina de probadores con mi novio y el vendedor

Ay, chicas, os lo tengo que contar fresco, como si acabara de pasar. Ayer entré en esa tienda de ropa del centro, con mi novio Pablo. Alto, moreno, ojos azules que matan, y un cuerpo que me pone a mil. Yo mido 1,70, pelo castaño largo, tetas firmes y un culito que vuelve locos. Estaba abierta sexualmente, buscando el subidón público.

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Cogí unos vestidos ajustados, sexys, de esos que marcan el coño. El tintineo de las perchas al sacarlas del rack, el olor a tela nueva, crujiente. Pablo me guiñó el ojo: ‘Pruébatelos, guapa’. Nos metimos en la cabina grande, la última, con espejo enorme por todos lados. Corrí el cortinón rojo, ese roce suave… y pum, el corazón ya latía fuerte. Afuera, voces de clientas: ‘¿Qué tal este? ¡Qué mono!’ Risas lejanas. Dentro, el aire cargado, su aliento en mi cuello.

Eligiendo ropa y entrando en la cabina: la tensión explota

Me quité la camiseta despacio, sintiendo sus ojos. La tela nueva del vestido rozando mis pezones duros. ‘¿Te gusta?’, susurré, girándome frente al espejo. Él se acercó, manos en mi cintura: ‘Joder, sí…’. Sus dedos bajaron al botón del pantalón, lo abrió con un clic. Yo… titubeé, pero el frisson me mojó ya. Afuera, pasos, alguien preguntando tallas. Él me besó el hombro, mordisqueando. ‘Shhh, no hagas ruido’, dije riendo bajito. Pero su polla ya empujaba contra mi culo a través del pantalón.

Entonces, toque en el cortinón: ‘¿Necesitáis ayuda?’. El vendedor, un chico moreno, piel mate, sonrisa de poeta, como de unos 25. ‘Pasa, mira qué vestido’, dije juguetona. Entró, ojos clavados en mis tetas semidesnudas. Pablo sonrió pícaro. Se cerró el cortinón otra vez. El espejo reflejaba todo: mi cuerpo, sus pollas marcadas. El vendedor: ‘Te queda… perfecto’. Su mano rozó mi muslo ‘por accidente’. Yo gemí bajito: ‘Mmm…’. Pablo: ‘¿Quieres ver más?’. Le bajé el pantalón al vendedor, ¡zas!, su polla dura saltó, gorda, venosa. Olía a hombre excitado.

El polvo crudo e intenso sin armar escándalo

Pablo me arrancó el vestido a medias, exponiendo mi coño depilado, ya chorreando. ‘Fóllame’, susurré. Me apoyé en el espejo frío, tetas aplastadas contra el cristal helado. Pablo detrás, escupió en su polla y la metió de un empujón en mi coño. ‘¡Ahhh!’, mordí mi labio para no gritar. Entraba y salía, chap-chap húmedo, mis jugos goteando. El vendedor delante, polla en mi boca. La mamé voraz, lengua en el glande, chupando huevos. ‘Joder, qué boca’, gruñó él, manos en mi pelo. Afuera: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nosotros callados, pero yo jadeaba: ‘Más… cabrón’. Pablo aceleró, polla hinchada golpeando mi punto G, mis paredes apretándolo. El espejo temblaba leve, mi clítoris frotando el borde.

Cambié: el vendedor me penetró el coño mientras lamía el culo de Pablo. No, espera… me pusieron de rodillas. Mamé a Pablo, polla palpitante, mientras el otro me follaba por detrás, cacheteando mi culo rojo. ‘¡Quieta, puta!’, susurró Pablo. Mis gemidos ahogados: ‘Mmmph… sí…’. Sentía sus pollas duras, venas pulsando, mi coño ardiendo, crema blanca salpicando. Orgasmo brutal: piernas temblando, mordí la mano para no aullar. Ellos corrieron: Pablo en mi boca, semen caliente tragado; el vendedor dentro, llenándome el coño de lefa espesa. ‘Shhh… buena chica’, dijo él limpiándose.

Nos vestimos rápido, sudorosos, olor a sexo flotando. Yo con el coño goteando semen bajo la falda nueva. Salimos, sonrisas inocentes. ‘¿Todo bien?’, preguntó una clienta. ‘Sí, perfecto’, dije yo, piernas flojas. En caja, el vendedor cobró el vestido: ‘Gracias, volved’. Guiño. Pablo y yo salimos, secreto quemando bajo la ropa. Afuera, risas nerviosas. Joder, qué subidón. Aún siento el espejo frío, sus pollas… ¿repetimos?

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