Follada en el probador: Mi polvo salvaje con el dependiente maduro

Tenía veintitantos, curioseando en una tienda de ropa del centro. No buscaba tallas perfectas, sino algo que me pusiera cachonda. Vi a ese dependiente, unos cincuenta, calvo, panzudo, con esa mirada de macho experimentado. Me sonrió mientras yo cogía un vestido ajustado y unos vaqueros sexys. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz ronca. Le guiñé el ojo: ‘Sí, ven a ver si me queda bien en el probador’.

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Entramos juntos. El tintineo de las perchas al colgar la ropa. Textura suave del vestido nuevo rozando mi piel. Cerré el cortinón, ese rumor áspero de tela. Afuera, voces de clientas charlando, pasos. Mi corazón latía fuerte. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Qué guapa eres’, murmuró. Yo, con la voz temblorosa: ‘Shhh, no hagas ruido… pero tócame’. Sus manos gruesas en mis tetas, apretando. El espejo enfrente reflejaba todo: mi cara de puta, su bulto creciendo en el pantalón.

Elegí la ropa y la tensión empezó al cerrar el cortinón

No aguanté. Me giré, besos húmedos, lenguas enredadas. ‘Quiero verte la polla’, susurré. Bajé su cremallera, ¡joder, qué verga gorda y venosa! La saqué, dura como piedra. La olí, ese olor a hombre maduro. Me arrodillé en el suelo frío, perchas balanceándose levemente. Lamí sus huevos peludos, subí por el tronco hasta el capullo. ‘Mmm, qué rica boca’, gruñó bajito. La chupé entera, garganta profunda, saliva goteando. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos paramos un segundo, riendo en silencio. Él me levantó, me quitó las bragas. ‘Qué coñito mojado’, dijo metiendo dos dedos. Gemí ahogado: ‘Fóllame ya, pero calladitos’.

El sexo brutal en silencio, con pasión desbordante

Me puso contra el espejo, frío en mis tetas. Ese vaho en el cristal. Escupió en su mano, lubricó mi culo. ‘¿Anal? Sí, pero despacio’, jadeé. Empujó la cabeza, ¡dolor-placer! ‘Joder, qué prieto’, siseó. Entró centímetro a centímetro, sus bolas contra mí. Miré el espejo: mi cara deformada de gozo, su barriga aplastándome, polla desapareciendo en mi culazo. Empezó a bombear lento, manos en mi boca para no gritar. ‘¡Más fuerte!’, supliqué entre dientes. Aceleró, plac-plac húmedo, pero sofocado. Sudor goteando, olor a sexo. Me corrí primero, coño chorreando, piernas temblando. Él no paró, me taladraba: ‘Te voy a llenar’. Se sacó, capote fuera, leche caliente en mi espalda. ‘Hostia, qué polvazo’, murmuró.

Respirando agitados, nos vestimos rápido. Textura pegajosa del semen bajo mi ropa. Abrí el cortinón, cara de ángel. ‘Me llevo el vestido’, dije sonriendo al cajero –él mismo, el muy cabrón–. Pagamos, su mirada pícara: ‘Vuelve cuando quieras’. Salí con el paquete, piernas flojas, secretito quemando entre mis nalgas. Afuera, clientas normales, ajenas a mi culo reventado. Aún siento el frío del espejo, su polla abriéndome. ¿Repetir? Cuando quieras, dependiente.

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