Mi polvo salvaje en la cabina de probadores con un desconocido

Estaba en esa tienda de ropa del centro, un sábado por la tarde. Multitud afuera, voces de clientas charlando, música pop de fondo. Cogí unos vestidos ajustados, ceñidos al cuerpo, de esos que marcan todo. El vendedor, un chaval joven, unos 28, delgado, pelo rizado, ojos pícaros… Me miró de arriba abajo mientras le pedía ayuda. ‘¿Quieres que te ayude a probártelos?’, dijo con una sonrisa que ya olía a travesura. Asentí, nerviosa, el corazón latiéndome fuerte.

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Entramos en la cabina grande, la del fondo. Él colgó los vestidos en la barra, tintineo de perchas metálicas rozando el metal. Cerró el cortinón rojo, grueso pero no tanto como para ahogar gemidos. ‘Pruébate este primero’, murmuró, su aliento cerca de mi cuello. Me quité la blusa, despacio, sintiendo sus ojos en mis tetas bajo el sujetador. El espejo enfrente reflejaba todo: mi culo redondo, sus pantalones ya abultados. Afuera, una voz de mujer: ‘¿Te queda bien ese?’ Mi coño se mojó al instante. Él se acercó, ‘Estás buenísima’, susurró, manos en mi cintura. Beso rápido, lenguas enredadas, sabor a chicle menta. Sus dedos bajaron la cremallera del vestido, rozando mi piel suave del nuevo tejido.

La tensión sube al cerrar el cortinón

No aguantamos. ‘Shhh, no hagas ruido’, dijo él, pero ya me tenía contra el espejo frío, tetas aplastadas en el cristal helado. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Le bajé el pantalón, zip rápido, y saqué su polla tiesa, venosa, gordita. ‘Joder, qué rica’, jadeé, arrodillándome en el suelo mullido de la cabina. Lamí el glande, salado, chupé suave, sintiendo cómo crecía en mi boca. Él agarró mi pelo, ‘Así, chúpamela bien’. Afuera, pasos, risas. El frisson me ponía a mil. Me puse de pie, él me giró, falda subida, braga a un lado. Dedos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, puta’. Metió dos, adentro-afuera, clítoris hinchado rozando su palma.

El clímax brutal y el secreto al salir

‘Fóllame ya’, supliqué en voz baja, arqueando la espalda. Su polla entró de un empujón, dura como piedra, llenándome el coño. Plaf, plaf suave contra mi culo, pero intenso, salvaje. Miradas en el espejo: su cara de placer, mis tetas botando. ‘Tira de mis pezones’, le pedí, él obedeció, pellizcando fuerte. Cambió a mi culo, lubricado con mi propia leche, despacio al principio, ‘¿Te gusta por detrás?’. ‘Sí, métemela toda, joder’. Entró centímetro a centímetro, ardor delicioso, yo tapándome la boca para no gritar. Ritmo brutal, polla alternando coño-culo, mis jugos chorreando por las piernas. Orgasmo mío primero, temblores, mordiendo su mano. Él gruñó bajito, ‘Me corro’, y sacó, chorros calientes en mi culo, goteando.

Sudados, jadeantes. Se limpió con un pañuelo de la tienda, yo me vestí rápido, vestido nuevo pegado a la piel húmeda. ‘Cómpralo’, guiñó él. Salimos, cortinón abierto casual. Afuera, clientas mirándonos raro, olor a sexo flotando sutil. Fui a caja, pagué con sonrisa temblorosa, su semen aún tibio entre mis nalgas, coño palpitando. Caminé por el pasillo, piernas flojas, secretito ardiente bajo la ropa. ‘Vuelve pronto’, me dijo al oído. Uff, qué subidón. Aún me mojo recordándolo.

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