Ayer por la tarde, mi novio y yo entramos en esa tienda de ropa íntima del centro. El aire olía a tela nueva, fresco y un poco químico. Elegimos un montón de cosas: un vestido ceñido rojo, lencería de encaje negro, collares baratos que tintineaban como locos y unos pendientes largos. ‘Esto va a ser divertido’, me susurró él al oído, rozándome el culo disimuladamente. Mi corazón ya latía fuerte. Cogí tres prendas más, un sujetador push-up y unas medias con liga, para disimular. La dependienta, una tía maja de unos 40, nos miró con una sonrisa pícara. ‘¿La cabina grande para los dos?’, preguntó. Asentí, mordiéndome el labio.
Entramos. El espacio era estrecho, pero con tres espejos enormes que multiplicaban todo. Cerré el rideau con un siseo suave, el plástico rozando la barra. Afuera, voces de clientes, risas, el pitido de la caja. ‘Shhh, no hagamos ruido’, le dije, pero ya me estaba quitando la blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros por la excitación. Él se pegó a mí, su polla ya medio tiesa contra mi muslo. ‘Mírate’, murmuró, girándome hacia el espejo. Mi coño se mojó al instante viendo mi cuerpo reflejado por todos lados, desnuda excepto las bragas. Le desabroché los pantalones, saqué su verga gruesa, palpitante. Tintinearon los collares al caer al suelo, un ruido metálico que nos hizo parar. ‘Joder, cuidado’, reí bajito, pero él ya me besaba el cuello, manos en mis nalgas.
Elegimos la ropa y entramos en la cabina
La tensión era brutal. Sus dedos bajaron mis bragas, rozando mi clítoris hinchado. ‘Estás empapada’, gruñó. Me apoyé en el espejo frío, el cristal helado contra mis tetas me erizó la piel. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese pantalón?’. Contuve un gemido. Él se arrodilló, lamió mi coño con lengua experta, chupando el jugo que goteaba. ‘Para… nos oyen’, susurré, pero abrí más las piernas. El placer subía como fuego. Cogí un collar, se lo pasé por la polla, haciendo que tintineara al masturbarlo lento. Sus ojos brillaban en el espejo.
No aguantamos más. ‘Fóllame ya’, le rogué, voz ronca. Me giró, culazo en pompa contra él. Su polla entró de un empujón seco en mi coño chorreante, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó bajito. Embestía fuerte pero controlado, plaf-plaf suave contra mis nalgas. El espejo vibraba un poco, mostrándonos el polvo en triple: su verga entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos brillando. Mordí mi labio hasta sangrar para no gritar. ‘Más… dame más’, gemí en su oído. Cambiamos: yo de rodillas, mamada profunda, garganta abierta, saliva goteando. Él me folló la boca, polla hinchada, venas pulsando. Tintineo de pendientes contra sus huevos al chupar. Afuera, pasos cercanos, una risa. El riesgo nos volvía locos.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Me puso de pie, una pierna arriba en el banco. Polla dentro otra vez, follada salvaje, coño apretando. ‘Me corro… agárrate’, avisó. Eyaculó chorros calientes dentro, leche rebosando por mis muslos. Yo llegué al orgasmo temblando, uñas en su espalda, ahogando el grito contra su hombro. Sudor, olor a sexo mezclado con perfume de tienda. Nos limpiamos rápido con las bragas sucias, riendo nerviosos.
Salimos. Yo con el vestido rojo puesto, él con una camisa nueva. La dependienta nos miró raro, oliendo algo. ‘¿Todo bien? ¿Se lleva esto?’, preguntó. ‘Sí, todo’, dije con sonrisa inocente, coño aún palpitando, semen goteando dentro. Pagamos, salimos al bullicio de la calle. Caminamos pegados, el secreto quemándonos. ‘La próxima, con el vendedor’, bromeó él. Yo solo sonreí, ya cachonda de nuevo.