¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Fue el sábado pasado, en el Zara del centro comercial. Estaba aburrida, mi maromo y yo llevamos meses sin acción de verdad, solo besitos fríos. Decidí mimarme con algo sexy: un vestido negro ajustado, lencería roja que me hace el culo redondo, y unos tacones. El vendedor… uf, alto, moreno, con esa sonrisa de pillo. Se llama Pablo, o eso dijo. Me ayudó a elegir, rozándome el brazo ‘accidentalmente’. ‘¿Quieres que te ayude con el cierre?’, me susurra. Mi coño ya palpita. ‘Sí, entra conmigo’, le digo bajito, mordiéndome el labio.
Cogemos tres prendas, entro en la cabina grande, la del fondo, con espejo en tres lados. Él detrás, cierra el rideau. El clic del metal me eriza la piel. Huele a ropa nueva, ese olor fresco de algodón. Oigo voces fuera: una mamá con niños, risas. ‘Shh’, dice él, pegándose a mi espalda. Sus manos en mi cintura, subiendo por la blusa. Me quito la camiseta rápido, el sujetador salta. Mis tetas al aire, duras ya, pezones tiesos contra el espejo frío. ¡Joder, qué vicio verme así, y a él detrás en el reflejo, con ojos de lobo. Su aliento caliente en mi cuello, mordisquea mi oreja. ‘Estás buenísima’, murmura. Yo gimo bajito, arqueo la espalda. Sus dedos bajan mi falda, pantys al suelo. Desnuda, solo tacones. El espejo multiplica mi cuerpo: coño depilado, húmedo, brillando.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
No aguanto. Me giro, beso su boca dura, lengua dentro, saboreando su saliva. Le bajo el pantalón, ¡su polla salta enorme, venosa, goteando pre-semen! La agarro, dura como piedra, la meneo. ‘Mámamela’, suplica él, voz ronca. Me arrodillo en el suelo frío, perchas tintineando. La chupo: labios alrededor del glande, lengua en el frenillo, hasta la garganta. Glups, glups suaves para no hacer ruido. Él gime ‘joder… sí’, mano en mi pelo. Afuera, pasos, ‘¿Dónde está el baño?’. Nos miramos en el espejo, excitados. Levanto la vista: su cara de placer, mi boca llena.
Me pone de pie, contra el espejo. Frio en mis tetas, en mi culo. Me abre las piernas, dedos en mi coño: ‘Estás chorreando, puta’. Dos dedos dentro, revuelve, clítoris frotado. Gimo ahogado, muerdo su hombro. ‘Fóllame ya’, le ruego. Saca condón del bolsillo –preparado el cabrón–, lo pone. Me penetra de golpe: ¡aaaaah! Polla gruesa abriendo mi coño, hasta el fondo. Me folla fuerte, embestidas brutales, pero controladas. Plaf, plaf suave contra mi culo. Espejos everywhere: veo su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos bajando por muslos. Sudor, tetas botando. ‘Más… shh… no pares’, jadeo. Él tapa mi boca, acelera. Oímos la dependienta: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí… perfecto’, respondo yo, voz temblorosa, él sin parar.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Me corro primero: coño apretando su polla, piernas flojas, uñas en su espalda. ‘Me vengo… joder’. Él gruñe bajito, embiste hondo, se corre dentro del condón, caliente. Nos quedamos pegados, jadeando. ‘Eres una guarra’, me dice riendo. Limpio rápido con kleenex, me visto temblando. La lencería roja comprada, vestido puesto. Él sale primero, ‘¿Qué tal te queda?’. Yo después, cara roja, pelo revuelto, coño palpitando aún, semen imaginario dentro.
En caja, pago sonriendo. La cajera me mira raro, huelo a sexo mezclado con perfume. Salgo del probador, piernas gelatina, secreto ardiendo bajo la ropa. Caminé por el mall con su número en el móvil, pensando en repetir. ¡El morbo de casi ser pillados, los espejos, las voces… adictivo! ¿Quién se anima?