Estaba en esa tienda del centro, un sábado por la tarde, buscando algo sexy para una cita. Llevaba un vestido ajustado que me marcaba las tetas y el culo, pero quería probar faldas cortas y tops escotados. El olor a ropa nueva me ponía ya cachonda, esa textura suave contra la piel. De repente, la vi: morena, ojos verdes penetrantes, sonrisa pícara. Me pilló mirándola y se acercó. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz ronca. Se llamaba Sofía, o eso dijo. Charlamos, coqueteamos. ‘Prueba esto, te quedará de puta madre’, me pasó una falda mini y un top. Nuestras manos se rozaron, chispa. ‘¿Entramos juntas? Hay más espacio’, propuse, el corazón latiéndome fuerte. Asintió, mordiéndose el labio.
Entramos en la cabina grande, la última al fondo. El rideau se cierra con ese ‘shhh’ metálico, suave pero definitivo. Afuera, voces de clientas, risas, pasos. Dentro, espejo por todos lados, mi reflejo multiplicado, el suyo. Cierro el pestillo flojo, por si acaso. ‘Quítate el vestido’, susurra, ya pegada a mí. Siento su aliento en el cuello, caliente. Me bajo la cremallera despacio, el vestido cae, quedo en bragas y sujetador. Ella se quita la blusa, tetas perfectas, pezoncillos duros. ‘Joder, qué guapa’, balbuceo. Sus manos en mi cintura, frías del metal de las perchas que tintinean al caer. Me besa el hombro, lengua húmeda. El espejo enfrente nos muestra todo, nuestros cuerpos pegados, el mío ruborizado. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Contengo la risa nerviosa. Su mano baja, roza mi coño por encima de las bragas. ‘Estás empapada’, murmura, ojos en los míos por el espejo.
La elección de ropa y el rideau que cierra la tensión
No aguanto más. La empujo contra el espejo, frío contra su espalda desnuda. ‘Cállate, pero fóllame’, le digo al oído. Le arranco las bragas, las tiro al suelo con las perchas. Su coño rasurado, hinchado, jugoso. Me arrodillo, huelo su excitación, salada. Saco la lengua, lamo despacio sus labios mayores, chupa chupa, el clítoris asomando duro. ‘Ay, mierda…’, gime bajito, mordiéndose el puño. Afuera, más ruido, alguien entra en la cabina de al lado. Meto dos dedos en su coño, resbaladizos, bombeo rápido, curva hacia arriba rozando ese punto. Ella se agarra mi pelo, caderas empujando contra mi boca. ‘Más lengua en el clítoris, joder’, susurra ronca. Lametazo fuerte, chupón, succiono como una puta. Su coño palpita, jugos bajando por mi barbilla. Cambiamos, ella me pone de pie, espejo al lado. ‘Abre las piernas’, ordena. Me come el coño de pie, lengua experta girando en mi clítoris hinchado. ‘Shhh, no gimas’, dice, pero mete tres dedos, me folla duro, pulgar en el culo. El espejo vibra con mis tetas rebotando, veo mi cara de zorra. Orgasmos nos parten: yo primero, piernas temblando, coño contrayéndose, chorro leve en su mano. Ella después, yo con dedos en su chochito y lengua en clítoris, grita ahogado contra mi hombro.
Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. Bragas húmedas pegadas, olor a sexo en el aire. Cojo la falda y el top, ‘Me lo llevo’. Salimos, piernas flojas, sonrisas cómplices. En caja, la cajera nos mira raro, ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, digo, voz temblorosa, coño aún palpitando bajo la falda. Sofía paga unas bragas que ni probó, guiño. Afuera, números de móvil, ‘Repetimos’. El secreto quema bajo mi ropa, el frisson de casi ser pilladas me moja de nuevo. Joder, qué noche me espera.