Follada intensa en la cabina de probadores con el vendedor

Entré en esa tienda de ropa sexy, de esas que tienen probadores con espejos por todos lados. Estaba cachonda ese día, buscando un vestido ajustado que me marcara las tetas y el culo. El vendedor, un moreno alto con sonrisa pícara, me ayudó. Se llamaba Pablo, unos 30 años, cuerpo atlético bajo la camisa. ‘¿Quieres que te ayude a probártelo?’, me dijo con voz baja. Asentí, mordiéndome el labio.

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Cogí varios vestidos, el roce de la tela nueva contra mis dedos me erizó la piel. Brillos, sedas frías. Caminamos al fondo, voces de clientas charlando fuera, risas lejanas. Él abrió el rideau del probador grande, el último, semi-oculto. Entramos juntos. ‘Para ver cómo te queda mejor’, susurró. El corazón me latía fuerte. Cerró el rideau con un siseo suave, el plástico rozando la barra. Olía a ropa limpia, a su colonia masculina mezclada con mi perfume dulce.

La elección de la ropa y la entrada en la cabina

Me quité la blusa despacio, mis pezones ya duros rozando el sujetador. Él tragó saliva, ojos clavados en mis tetas. ‘Joder, qué guapa’, murmuró. El espejo enfrente reflejaba todo: mi culo redondo en bragas, su paquete hinchándose en los pantalones. Apoyé la espalda en el espejo frío, un escalofrío me recorrió la columna. Sus manos temblaban al bajarme la cremallera del primer vestido. Nuestras respiraciones pesadas, pero calladas. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Contuve la risa nerviosa.

No aguanté más. Lo atraje por la camisa, besos húmedos, lenguas enredadas. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Shhh, no hagas ruido’, jadeé. Me bajó las bragas de un tirón, el aire fresco en mi coño ya mojado. Metí la mano en su pantalón, saqué su polla dura, gorda, venosa. ‘Mira qué polla tienes’, susurré, masturbándola lento. Él gimió bajito, mordiéndose el labio.

Me giró contra el espejo, mi aliento empañándolo. Lamí su cuello salado mientras él me metía dos dedos en el coño, chapoteando suave. ‘Estás empapada, puta’, gruñó al oído. Arqueé la espalda, tetas aplastadas en el cristal helado. Afuera, pasos, comentarios sobre tallas. El morbo me volvía loca. Me arrodillé, el suelo duro contra las rodillas. Englobé su polla con la boca, chupando el glande salado, venas pulsando. Él se agarró al gancho, jadeos ahogados. ‘Joder, qué boca…’. Le metí los huevos en la mano, lamiendo hasta la garganta, saliva goteando.

El sexo brutal y el clímax discreto

No podía esperar. Me puse de pie, piernas temblando. ‘Fóllame ya’, supliqué. Él sacó un condón del bolsillo –previsor el cabrón–, se lo puso rápido. Me levantó una pierna, apoyada en la banqueta. Entró de golpe, su polla abriéndome el coño al máximo. ‘¡Ahhh!’, mordí su hombro para no gritar. Follando duro, pero rítmico, silencioso. Plaf, plaf suave contra mi culo. Espejos everywhere: veía su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos brillando. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeó.

Cambié, me subí a la banqueta facing el espejo. Él detrás, embistiéndome como un animal. Mis tetas botando, su vientre contra mi espalda sudorosa. ‘Me corro… shhh’, avisó. Yo frotaba mi clítoris, el placer subiendo. Oí voces cerca: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, todo bien’, respondí ronca, mientras su polla latía dentro, llenando el condón. Yo exploté segundos después, coño contrayéndose, piernas flojas, mordiendo mi mano.

Sudados, jadeantes. Nos vestimos rápido, ropas revueltas. Él sonrió: ‘¿Te lo llevas?’. Pagué en caja, piernas temblando, coño palpitando aún, semen goteando en el condón que él tiró disimulado. Salí del probador con el vestido bajo el brazo, sonriendo inocente. Afuera, clientas normales. Mi secreto quemándome bajo la falda, bragas húmedas pegadas. Nunca volví, pero lo recuerdo cada vez que paso por una tienda. ¡Qué follada!

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