Ay, chicas, no os lo vais a creer. Ayer mismo, con mi nuevo vecino Pablo, ese cincuentón con barriguita que me pone tanto. Fuimos al centro comercial, a comprar ropa. Yo quería algo sexy para la retiro, ya sabéis, faldas cortas, tops escotados. Él me seguía, comentando: ‘Monique, esa falda te va a quedar de infarto en ese culito’. Reí, nerviosa, sintiendo ya el cosquilleo.
Elegimos un vestido rojo ajustado, lencería de encaje negro. ‘Vamos a probárnoslo’, dijo él, guiñándome. La dependienta nos miró raro, pero hay cabinas grandes para parejas. Entramos, el tintineo de las perchas al cerrar el armario, olor a tela nueva, crujiente al tacto. Corro el visillo, shhh, y ya está, solos. El espejo grande enfrente, reflejando nuestros cuerpos. Mi corazón late fuerte, oigo voces de clientes fuera, risas, pasos. Él se pega a mí por detrás, sus manos en mi cintura. ‘Joder, Monique, estás ardiendo’, susurra, su aliento caliente en mi cuello.
Entrando en la cabina: la tensión sube
Me bajo la cremallera del vestido que traía, queda en el suelo, suave, fresco contra mis tobillos. Solo bragas y sujetador. Él se quita la camisa rápido, botón por botón, ruido metálico. Sus manos suben, aprietan mis tetas por encima del encaje. ‘Mmm, qué pesadas y blandas’, gime bajito. Yo me arqueo, miro el espejo: mi cara sonrojada, sus dedos pellizcando pezones. El visillo tiembla un poco con el aire, ¿nos oyen? El frisson me moja ya el coño.
No aguanto más. Le bajo los pantalones, su polla salta dura, gorda, venosa. ‘Cógela’, ordena él, voz ronca. La agarro, piel caliente, late en mi mano. Masturbo lento, arriba abajo, mientras él mete mano en mis bragas. Dedos gruesos rozan mi clítoris, resbaladizo de jugos. ‘Estás empapada, puta cachonda’, murmura. ‘Shhh, Pablo, nos pillan’, digo yo, pero abro las piernas. Introduce un dedo, luego dos, follando mi coño con ellos, chapoteo húmedo que intento ahogar mordiéndome el labio.
Me gira, espalda al espejo frío, que me eriza la piel. Baja de rodillas, arrastra mis bragas, las deja colgando en un tobillo. Lengua en mi coño, lamiendo voraz, chupando el clítoris. ‘¡Joder, qué rico!’, gimo bajito, mano en su cabeza calva. Oigo una voz fuera: ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, gracias’, responde él, mofeta, sin parar. Me corro rápido, temblores, jugos en su boca, ahogo el grito contra mi brazo.
El clímax y la salida con el secreto
Ahora yo. Le chupo la polla, de rodillas en el suelo duro. Cabeza gorda, glande roja, salada. La trago hondo, garganta apretada, saliva chorreando. Él agarra mi pelo: ‘Sí, chúpamela toda, guarra’. Ritmo rápido, pero silencio, solo arcadas suaves. Se pone de pie, me levanta, me empotra contra el espejo. Polla en mi coño de un empujón, llena, estira mis paredes. ‘¡Fóllame fuerte pero calladito!’, suplico. Embiste, piel contra piel, plaf plaf ahogado. Miro espejos: mi culo rebotando, tetas saltando, su cara de placer. Sudor gotea, espejo empañado.
Acelera, ‘Me corro, Monique’, gruñe. ‘Dentro, lléname de leche’, pido. Eyacula caliente, chorros potentes, desborda mi coño. Nos quedamos jadeando, pegados. Limpio rápido con kleenex, semen pegajoso en mis dedos, lo chupo disimulada. Vístete, rápido. Subo bragas, semen chorreando aún por muslos.
Salimos, sonrientes, inocentes. ‘¿Todo bien?’, pregunta la dependienta. ‘Perfecto, nos lo llevamos todo’, dice él, pagando. Camino con piernas temblorosas, coño palpitante, ropa nueva oliendo a sexo. Fuera, voces ajenas, nadie sabe nuestro secreto ardiente. Pablo me guiña: ‘Próxima vez, en casa’. Ay, qué vicio…