Mi polvo salvaje en la cabina de probadores con el vendedor

Estaba en esa tienda de ropa chic del centro, oliendo a tela nueva y perfume caro. Mi novio, Pablo, merodeaba por los perchas, fingiendo interés. Yo vi esa falda negra, súper corta, de cuero sintético que se pegaba como una segunda piel. ‘¿Me la pruebo?’, le dije al vendedor, un tío alto, moreno, con brazos de gimnasio que me miró de arriba abajo. Se llamaba Marco, sonrisa pícara. ‘Claro, guapa, la cabina del fondo es amplia’, respondió, guiñándome un ojo.

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Pablo me siguió con la mirada mientras cogía la falda y una blusa escotada. Entramos los dos en la cabina, pero… espera, no. Le dije a Pablo que esperara fuera, ‘para la sorpresa’. Él se quedó cerca, fingiendo mirar camisas. Cerré el rideau, ese fino trozo de tela que no aislaba nada. El espejo enorme enfrente, frío al tacto cuando me quité la camiseta. La piel se me erizó. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien esa?’. Tintineo de cintres chocando. Me bajé las bragas despacio, sintiendo la humedad ya entre las piernas. Marco asomó la cabeza: ‘¿Necesitas ayuda con el cierre?’. Su voz grave me aceleró el pulso. ‘Pasa’, susurré, mordiéndome el labio.

Elegí la falda más corta y entramos juntos

Entró apretado, su cuerpo rozando el mío. Olía a colonia fuerte, masculina. Cerró el rideau del todo, pero oíamos todo: pasos, risas lejanas. Me puse la falda, tan ceñida que marcaba mi coño depilado. Él se pegó por detrás, manos grandes en mis caderas. ‘Joder, qué culazo’, murmuró al oído. Yo me arqueé contra el espejo, tetas aplastadas en el cristal helado. Pablo estaba ahí fuera, lo sabía por su sombra. El frisson me ponía loca. Marco me besó el cuello, mordisqueando. Sus dedos bajaron la cremallera, rozando mi clítoris. ‘Shhh, no hagas ruido’, le dije, pero gemí bajito cuando metió un dedo dentro. Estaba empapada, chorreando jugos por los muslos. La tela nueva crujía bajo sus manos ásperas.

No aguanté más. Me giré, le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, con el capullo morado brillando de precum. ‘Mira qué pedazo de verga’, jadeé, arrodillándome. La lamí desde la base, saboreando el sudor salado. Él se apoyó en la pared, conteniendo gruñidos. Afuera, una voz: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí, perfecto’, respondí yo, con la boca llena. Chupé fuerte, garganta profunda, saliva goteando al suelo. Pablo oía todo, el slurp húmedo, mis ahogos. Me levantó, me sentó en el banquito. Abrí las piernas, coño expuesto en el espejo triple. ‘Fóllame ya, pero calladito’, supliqué.

El clímax brutal sin hacer ruido

Me clavó la polla de un empellón, rompiendo mi entrada. ‘¡Joder, qué prieta!’, siseó. Embestía lento pero brutal, bolas golpeando mi culo. Yo me tapaba la boca, mordiendo mi mano para no gritar. El espejo reflejaba todo: su culo musculoso flexionándose, mis tetas botando, jugos salpicando. Aceleró, sudando, piel pegajosa. ‘Me corro dentro’, gruñó. ‘Sí, lléname de leche’. Eyaculó a chorros, caliente, desbordando mi coño. Yo me corrí temblando, uñas en su espalda, mordiendo su hombro para silenciar el orgasmo.

Se retiró, semen chorreando por mis piernas. Me limpié rápido con la falda nueva, riendo nerviosa. ‘Gracias por la ayuda’, le dije, besándolo. Él salió primero, profesional: ‘Si necesita algo más…’. Yo me vestí, falda manchada discretamente, coño palpitando lleno de su corrida. Salí, cara roja, pelo revuelto. Pablo me miró, polla dura en el pantalón. ‘¿Qué tal?’, preguntó inocente. Sonreí: ‘Perfecta, me la llevo’. En caja, Marco cobró, guiño cómplice. Caminamos fuera, su semen goteando en mis bragas, secreto ardiente quemándome. Oía voces ajenas, imaginando si sospechaban. Qué subidón.

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