Follada prohibida en la cabina de probadores con mi novia y el dependiente

¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Era sábado por la tarde, en esa tienda de ropa íntima del centro. Mi novia, esa menudita tatuada con piel blanquísima que contrasta con mi morena voluptuosa, y yo, curvas generosas, tetas enormes que siempre llaman la atención. Buscábamos lencería sexy para una noche loca. Elegimos un tanga rojo diminuto para ella, un body negro ceñido para mí, transparencias que dejaban poco a la imaginación.

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Las perchas tintineaban, ese ruido metálico que me pone ya nerviosa. Olía a tela nueva, fresco, con un toque de perfume barato del probador. ‘¿Entramos juntas?’, me susurró ella, mordiéndose el labio, ojos brillantes. Asentí, el corazón latiéndome fuerte. La cabina era amplia, con tres espejos enormes que multiplicaban nuestros cuerpos. Cerramos el rideau grueso, rojo, pero no del todo; quedaba una rendija. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’. El frío del espejo me erizó la piel cuando me apoyé.

La elección de la ropa y la entrada tensa

Empezamos despacio. Ella se quitó la camiseta, sus tatuajes asomando, pezoncitos duros. Yo, impaciente, le bajé los shorts. ‘Shh, amor, nos oyen’, dije, pero mis manos ya en su culito firme. Nos besamos, lenguas enredadas, saliva caliente. Mi coño ya chorreaba, notaba la humedad en las bragas. La texture del body nuevo rozando mis pezones hinchados… uf. La vi en el espejo, de espaldas, arqueada, y me volví loca. Le metí dedos, despacio, ‘¿Te gusta?’, gemí bajito. Ella jadeaba, ‘Sí… más’.

Pero queríamos más riesgo. ‘Llama al dependiente’, le dije, excitada perdida. Era guapo, unos 40, barba de tres días, camisa ajustada marcando torso. ‘¿Necesitáis ayuda?’, preguntó por la rendija, voz grave. ‘Pasa, rápido’, susurré. Entró, ojos como platos viéndonos semidesnudas. ‘Joder…’, murmuró. Cerró el rideau del todo. Yo le bajé los pantalones, su polla saltó, dura, normalita, perfecta para no hacer ruido. ‘Chúpala’, le ordené a ella, que dudó un segundo, ‘¿Segura?’. Se arrodilló, la engulló, slurp slurp ahogado.

El polvo brutal y la salida con el secreto

Yo me quité todo, tetas rebotando libres, espejo frío contra mi espalda sudada. Él me tocó, manos ásperas en mis caderas anchas. ‘Qué coño más rico’, gruñó bajito. La puse a ella de rodillas, él detrás. Preservativo puesto a toda prisa. La penetró despacio, ‘¡Ah! Duele un poco… pero sigue’, suplicó ella, mordiendo mi muslo para no gritar. Yo la besaba, ahogando gemidos. Él bombardeaba, plac-plac suave contra su culito tatuado. Espejos por todos lados: su polla entrando y saliendo de su coñito rasurado, mi cara de placer viendo aquello.

Cambié turno. Me subí al banquito, piernas abiertas, espejo reflejando mi coño hinchado, labios gordos abiertos. ‘Fóllame ya’, le rogué. Entró de un empujón, ‘¡Joder, qué apretada!’, jadeó. Pasión devoradora, pero control: mordidas en cuello, manos tapando bocas. Ella lamía mis tetas, chupando pezones como loca. ‘Voy a correrme…’, avisó él. Yo aceleré, ‘Sácatela, en mi cara’. Se retiró, quitó el condón, pajeo furioso. Chorros calientes en mi barriga, tetas, un poco en la boca de ella que lamía ansiosa. ‘Primera vez con leche de hombre…’, rió nerviosa.

Sudor everywhere, ropa tirada, olor a sexo puro. Rápido, nos vestimos como locas. Perchas de nuevo tintineando, risitas ahogadas. Él salió primero, ‘Si necesitáis más…’. Nosotras después, caras rojas, piernas flojas. En caja, pagamos temblando, la cajera sonriendo sospechosa: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, dije con voz ronca, semen secándose bajo mi blusa, coño palpitando. Caminamos por el magasin, voces ajenas, secreto ardiendo. Aún siento el frío del espejo, el riesgo… ¡Quiero repetir ya!

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