Dios, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Era viernes por la tarde, julio asfixiante en Madrid. Fui a una tienda grande de ropa con mi sobrino, Damien, ese chaval de 19 años, alto, atlético, con ojos que me ponían nerviosa desde que llegó de París. Quería comprarme unos vestidos cortos, sexys, para las vacaciones. Él insistió en ayudarme, ‘Tita, déjame ver cómo te quedan’. Su voz… uf, ya me mojé un poco.
Cogí tres: uno rojo ceñido, otro negro con escote profundo, uno verde vaporoso. Las perchas tintineaban al sacarlas, ese ruido metálico que rebota en las cabinas. Entramos juntos en la grande, la del fondo, con espejo enorme por todos lados. ‘Hay sitio para dos’, le dije guiñando. Él dudó, eh… ‘¿Seguro, tita?’. Cerré el rideau rojo, grueso pero no tanto, se oían voces de clientas fuera charlando de tallas. El aire olía a tela nueva, suave, crujiente al tacto. Me quité la blusa despacio, mis tetas libres bajo el sujetador, piel erizada por el fresquito del espejo cuando me apoyé. Él tragó saliva, mirada fija en mis pezones duros. ‘¿Qué tal este?’, murmuré poniéndome el rojo, girando. Mi culo rozó su polla ya semi en el pantalón. Tension… dios, el corazón a mil, voces fuera: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Sus manos en mi cintura, ‘Estás… joder, tita, increíble’. Nos besamos, lengua ansiosa, su aliento caliente.
Entrando en la cabina: la tensión sube
No aguanté. Le bajé el pantalón, boxer incluido. Su polla saltó, dura como piedra, venosa, cabeza roja brillando. ‘Mmm, qué polla más rica’, susurré chupándola ya, rodando la lengua, saboreando ese gusto salado. Él gime bajo, ‘Shhh, tita… joder…’. Yo de rodillas, tetas fuera, mamando fuerte pero calladita, saliva chorreando. El espejo reflejaba todo: mi boca llena, sus huevos peludos tensos. Afuera, pasos, risas. Me puse de pie, culazo al aire, ‘Fóllame ya, pero sin ruido’. Él jadea, ‘Sí… coño, qué mojada estás’. Me empotró contra el espejo, frío en tetas, polla resbalando en mi coño chorreante. Entró de un golpe, ‘¡Ahh!’, mordí mi labio. Bombeaba brutal, piel contra piel chapoteando bajito, ‘¡Más hondo, cabrón!’. Yo arqueada, viendo en el espejo su cara de placer, mi coño tragándosela, labios hinchados. Cambiamos: levrette face al espejo grande, yo de rodillas en el banquito, culazo abierto. ‘¡Métemela toda!’, susurro-gimo. Él agarra mis caderas, folla como animal, pausado para no golpear fuerte, pero profundo, roce clítoris en cada embestida. ‘Tu coño aprieta… voy a correrme’, gruñe. ‘Dentro, lléname’, pido ahogada. Olas de placer, mi orgasmo primero, coño convulsionando, leche suya caliente inundándome, goteando piernas. Sudor, olor a sexo denso.
Rápido, nos vestimos. Tela nueva pegajosa en piel sudada. Él sale primero, casual, ‘Voy a mirar camisetas’. Yo pago los tres vestidos, sonrisa falsa a la cajera, ‘Perfectos, ¿verdad?’, piernas temblando, corrida escurriendo en bragas. Secretos ardiendo bajo la falda, clientas pasando sin saber que acababa de ser follada como puta en el probador. Caminamos fuera, su mano roza mi culo disimulado. Aún siento su polla dentro. Increíble.