Estaba en ese magasin chic en el corazón de Venecia, durante el carnaval. El aire olía a perfume caro y tela nueva, con risas y voces de clientes afuera. Elegí un vestido negro ajustado, de esos que marcan todo, y un tricornio con velo para la fiesta. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo él, el vendedor, un italiano moreno de ojos oscuros, sonrisa pícara. Eh… sí, por qué no. Entramos juntos en la cabina grande, con tres espejos que multiplicaban todo. El ruido de las perchas tintineando al cerrar el rideau. Mi corazón latía fuerte. Se quedó ahí, ‘para ayudarte con la cremallera’. El rideau se cierra, y bum, el mundo afuera se reduce a murmullos. Sus manos rozan mi espalda al bajarme el vestido. La tela fría del espejo contra mi piel caliente. ‘Estás preciosa’, susurra, y yo siento su aliento en el cuello. Mis pezones se endurecen solos. Afuera, una voz de mujer pregunta por tallas. Silencio. Nuestras miradas en el espejo, hambrientas. Su mano sube por mi muslo, bajo la falda. ‘Shh…’, dice, y yo asiento, mordiéndome el labio.
No aguanté más. Me giré, le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura, gruesa, venosa, ya goteando precum. Dios, qué ganas. Me arrodillé en el suelo mullido, la boca llena de él. Chupaba fuerte, lengua alrededor del glande, mamando como loca pero sin ruido. Sus manos en mi pelo, empujando suave. ‘Joder, qué boca…’, gime bajito. Afuera, pasos, risas. El riesgo me moja el coño entero. Me levanto, me apoyo en el espejo frío, culo afuera. Él me separa las piernas, mete dos dedos en mi chochito empapado. ‘Estás chorreando’, dice, y yo: ‘Fóllame ya, pero calladitos’. Su polla entra de golpe, dura como piedra, llenándome hasta el fondo. Empieza a bombear, lento al principio, choques suaves contra mi culo. El espejo vibra un poco, veo mi cara de puta en éxtasis, sus huevos golpeando mi clítoris. Acelera, me agarra las tetas, pellizca los pezones. ‘¡Casi…!’, susurro. Yo me corro primero, coño apretando su verga, jugos bajando por las piernas. Él sigue, brutal, polla hinchada, hasta que explota dentro, leche caliente llenándome, gimiendo ahogado en mi cuello. Sudor, olor a sexo crudo, telas revueltas en el suelo.
Entrando en la cabina, la tensión sube
Salimos como si nada. Yo con el vestido puesto, su semen resbalando aún por mis muslos bajo las bragas húmedas. Él cobra en caja, sonriendo profesional. ‘¿Algo más?’, pregunta. ‘No, gracias’, digo yo, voz temblorosa, piernas flojas. Afuera, la gente pasa, ajena al secreto ardiente que llevo dentro. Cada paso, siento el calor, el rastro pegajoso. Caminé por las calles del carnaval con esa polla fantasma latiendo en mí, excitada perdida. Joder, qué vicio. Quiero repetir.