Follada brutal en la cabina de probadores con el dependiente

Ay, chicas, aún tengo el coño palpitando de lo que me pasó ayer en Zara. Estaba de compras, probándome unos vaqueros ajustados y un top escotado. La tienda petada de gente, voces por todos lados, música de fondo. Elegí un par de vestidos ceñidos, rojos como la puta que llevo dentro, y unos tangas de encaje que rozan justo donde duele de placer. El dependiente… uf, un moreno de unos 28, alto, con barba de tres días y ojos que te desnudan. Me pilló mirándole el paquete mientras colgaba camisas. ‘¿Necesitas ayuda, guapa?’, me dice con sonrisa pícara. ‘Sí, ven a ver si me queda bien esto’, le suelto, guiñándole el ojo. Cogí la ropa, el tintineo de las perchas me pone ya nerviosa, y le hago una seña. ‘La cabina grande del fondo está libre’, murmura él, rozándome la mano. Entramos juntos, eh… ¿estás seguro? El espacio es estrecho, espejo por tres lados reflejando mi culo redondo y sus hombros anchos. Cierro el rideau con un shhh suave, el tejido nuevo huele a limpio, fresco. Oigo a una madre regañando a su cría fuera, pasos cercanos. Su aliento en mi cuello… ‘Quítate eso ya’, susurra, y sus dedos bajan la cremallera del vestido. Mi piel erizada, pezones duros contra el sujetador. Me gira contra el espejo, frío en la espalda, y me besa el hombro mientras sus manos aprietan mis tetas. ‘Joder, qué buena estás’, gime bajito. Yo… yo le meto la mano por el pantalón, su polla ya tiesa, gruesa, latiendo. Nos frotamos, yo ondulo contra él, el espejo multiplica todo: mi cara de puta, su verga marcándose.

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