Me llamo Lola, soy de Madrid y acabo de vivir lo más caliente de mi vida. Estaba en una tienda de Zara, buscando faldas cortas y tops ajustados. Mi novio, Pablo, venía conmigo, ese cabrón que siempre me pone cachonda con una mirada. Llevaba una falda vaquera diminuta, sin bragas debajo, piernas al aire y el coño recién depilado, liso como la seda. Él lo adora, dice que así puede lamerme mejor.
Cogí tres prendas: una falda plisada negra, un vestido tubo rojo que se pega al culo y un top escotado. ‘Venga, ayúdame a probármelos’, le susurré al oído, rozándole la polla por encima del pantalón. Se puso tiesa al instante. La dependienta nos miró sonriendo, ‘La cabina grande está libre’. Caminamos hasta el fondo, el corazón latiéndome fuerte. Oía voces de otras clientas, risas, el pitido de las cajas.
Elegimos la ropa y entramos en la cabina
Entramos. El espacio era estrecho, espejos por todos lados: frente, laterales, techo. Mi reflejo multiplicado, tetas firmes, pezones duros marcándose. Cerré el rideau con un siseo, el plástico rozando la barra metálica. ‘Shhh, no hagas ruido’, me dijo Pablo, pero ya me había pegado a él, besándole el cuello. Sus manos bajaron directas a mi falda, subiéndola. ‘Joder, Lola, estás empapada ya’. El frío del espejo contra mi espalda me erizó la piel. Oía pasos fuera, alguien colgando ropa. El tintineo de las perchas me ponía más nerviosa, más caliente.
Empecé a quitarme el top, despacio, mirándonos en el espejo. Él se desabrochó el pantalón, sacando esa polla gorda, venosa, ya goteando. ‘Pruébate la falda primero’, murmuró, pero yo me puse de rodillas. El suelo era duro, olía a moqueta nueva. Lamí su glande, salado, chupando suave para no hacer ruido. ‘Uf… para, o me corro ya’. Pero no paré, tragué hasta la garganta, oyendo voces cerca: ‘¿Te queda bien esa?’. Mi coño palpitaba, jugos bajándome por los muslos.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Me levantó, me giró contra el espejo. Faldita arriba, piernas abiertas. Sus dedos abrieron mi raja lampiña, metiendo dos de golpe. ‘Qué coño tan jugoso, puta’. Gemí bajito, mordiéndome el labio hasta sangrar un poco. El espejo helado contra mis tetas, pezones rozando el cristal. Me folló con los dedos, rápido, chapoteando suave. ‘Shhh, joder, o nos oyen’. Luego sacó la polla, frotándola en mi clítoris hinchado. Entró de una, hasta el fondo. ‘¡Ay, coño!’, ahogué el grito contra su mano. Embestidas brutales, controladas, el culo rebotando contra su pubis.
Me tapaba la boca, pero jadeaba: ‘Más… fóllame fuerte, pero calladitos’. Él gruñía en mi oreja, ‘Tu coño me aprieta como una virgen’. Los espejos nos mostraban todo: su polla entrando y saliendo, brillando de mis jugos, mi cara de zorra, ojos en blanco. Oía a la dependienta: ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, todo bien’, contestó Pablo con voz temblorosa, sin parar de clavármela. Aceleró, bolas golpeando mi clítoris. Me corrí primero, temblando, coño contrayéndose, mordiendo su hombro para no chillar. Él siguió, ‘Me vengo…’. Chorros calientes llenándome, goteando por mis piernas.
Se apartó, limpiándonos rápido con kleenex del dispensador. Bajé la falda, él se subió el pantalón. Esperamos, jadeando, oyendo pasos alejarse. Abrí el rideau, salí con la falda roja en la mano, fingiendo normalidad. ‘Me llevo esta’, dije a la cajera, pagando con las bragas imaginarias calientes de semen. Pablo detrás, sonriendo pícaro. Caminamos al coche, mi coño aún palpitando, el secreto quemándonos. Dios, quiero repetir ya.