¡Dios, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Sofia, 43 años, casada con un vago que solo vive pegado al fútbol en la tele. Conocí a Pablo en el club de informática, los dos huyendo de casa. Él, 42, contable, yo recepcionista. Charlamos, reímos, y esa noche en su coche nos besamos como locos. Sus manos en mis tetas libres bajo el vestido… Uff, desde entonces no paramos de mandarnos mensajes calientes.
Ayer, dimos rienda suelta al morbo. ‘Vamos a una tienda, pruébate algo sexy’, me dijo. Elegí un vestido rojo ceñido, corto, que me marca el culo. Él fingía mirar camisas. En la sección de mujer, nuestras miradas se cruzan, pícaras. ‘Te espero en la cabina’, susurro. Cuelgo unos vestidos en el brazo, entro. El espejo grande enfrente, frío al tocarlo con la espalda. Oigo voces de clientas fuera, tintineo de perchas. Cierro el rideau. Espera… pasos. Se abre un poco, entra Pablo, alto, delgado, ojos hambrientos.
La tensión sube al cerrar el rideau
‘¡Shhh!’, dice apretando contra mí. Su boca en mi cuello, manos subiendo mi falda. Huele a ropa nueva, ese olor fresco y sintético. Mi corazón late fuerte, tetas endureciéndose. ‘Pablo… hay gente…’, gimo bajito. Él me gira, espalda al espejo helado. Sus dedos bajan mis bragas, rozan mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando, puta’, murmura, metiendo dos dedos. Me muerdo el labio, piernas temblando. Fuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’.
No aguanto más. Le bajo la cremallera, saco su polla dura, gruesa, palpitante. ‘Fóllame ya’, susurro urgente. Me sube una pierna al banco, entra de un empujón. ¡Joder! Llena mi coño hasta el fondo, rasgando placer. Bombeamos despacio al principio, controlando gemidos. Espejos por todos lados: veo su culo moviéndose, mis tetas botando libres, mi cara de zorra. Sudor perlando su pecho, mi clítoris frotando su pubis. ‘Más fuerte… pero calla…’, jadeo. Acelera, polla entrando-salida, chapoteo húmedo ahogado por música de la tienda.
El polvo brutal sin frenos en silencio
Sus manos aprietan mis nalgas, dedo en mi culo apretado. ‘Me corres dentro, cabrón’, pido. Fuera, pasos cerca, risa de dependienta. El riesgo me enciende más, coño contrayéndose. Él gruñe bajito, ‘¡Me vengo!’. Chorros calientes llenándome, yo exploto mordiéndole el hombro, orgasmos mudos pero brutales. Polla aún dentro, besos sucios, saliva mezclada. Salimos semen goteando por mi muslo, bragas en el bolsillo.
Me visto rápido, vestido rojo comprado. Él paga su camisa. En caja, sonrisas inocentes a la cajera. ‘Qué bien le queda’, dice ella. Yo asiento, coño palpitante, su leche tibia resbalando. Salimos al centro comercial, manos rozando. ‘La próxima, en el coche’, ríe. Ese secreto ardiente bajo la ropa… ¡uf, qué subidón! Adoro el morbo público, ser oída a través del rideau, vernos follar en los espejos. ¿Quién dijo rutina?