Me llamo Lola, tengo veintitrés años y vivo una vida de mierda con mi marido, un tipo mayor que solo me folla por el culo para no joder el condón invisible. Pero hoy… uf, hoy fue diferente. Había ahorrado unos euros con un truquito en el mercado, comprando verduras a precio de ganga a un vendedor guapo. Con eso me compré esta falda ajustada y un top escotado que me hace las tetas de infarto. Entré en la tienda de ropa, el corazón latiéndome fuerte. El vendedor, un moreno de unos treinta, ojos pícaros, me miró de arriba abajo. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz ronca. ‘Sí, quiero probármelas’, respondí, mordiéndome el labio.
Cogí tres prendas: la falda negra ceñida, un vestido rojo corto y una blusa transparente. El tintineo de las perchas al chocar me ponía nerviosa, el olor a tela nueva, fresco y sintético, me llenaba la nariz. ‘La cabina está libre, pasa’, me guiñó el ojo mientras corría el cortinón rojo. Entré, el espejo grande enfrente, frío al tocarlo con los dedos. Me quité la camiseta vieja, mis pezones ya duros por el aire acondicionado. Voces de clientas fuera, risas, pasos. Él asomó la cabeza: ‘¿Todo bien? ¿Te ayudo con el cierre?’. Dudé, eh… ‘Vale, pasa’. Cerró el rideau, el roce del tejido contra la barra metálica sonó como un susurro prohibido. Su aliento en mi cuello, manos en mi cintura. ‘Estás buenísima’, murmuró. Mi coño ya chorreaba, la braguita empapada pegada a la piel.
Entrando en la cabina con la tensión a flor de piel
No aguanté. Lo atraje, nuestros labios chocaron, lengua dentro, saboreando su saliva. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurré, pero mis manos ya bajaban su cremallera. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza morada hinchada. ‘Joder, qué grande’, gemí bajito. Él me empujó contra el espejo, el cristal helado en mi espalda desnuda, tetas aplastadas. Me bajó las bragas de un tirón, el elástico rozando mis muslos. ‘Abre las piernas’, ordenó. Metió dos dedos en mi coño empapado, chapoteo suave, jugos resbalando. Fuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador?’. Nos miramos, excitados por el riesgo. Me giró, cara al espejo, vi mi cara roja, ojos vidriosos, su polla frotando mi culo.
El clímax brutal y el secreto al salir
‘Te voy a follar aquí mismo’, gruñó. Apuntó y embistió, de un golpe hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito con la mano. Su verga me partía, estirando mi coño estrecho, coño que mi marido ni toca. Bombeaba fuerte, pero controlado, plac-plac húmedo contra mis nalgas. ‘Más despacio… nos oyen’, jadeé, pero clavaba las uñas en sus caderas, pidiendo más. En el espejo, veía su polla entrar y salir, brillante de mis fluidos, mis tetas botando, pezones rozando el cristal frío. Él me tapaba la boca, dedos en mi clítoris, frotando circles rápidos. ‘Córrete, puta’, susurró. El orgasmo me explotó, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de su polla, chorros calientes bajando por mis muslos. Él aceleró, ‘Me vengo… dentro’, y sentí el chorro caliente llenándome, semen goteando.
Se apartó, polla chorreando aún. Me limpié rápido con la blusa nueva, semen pegajoso en los dedos, olor a sexo fuerte. ‘Compra lo que quieras, es regalo’, dijo riendo bajito, besándome el cuello. Salí de la cabina, piernas flojas, falda puesta, coño palpitando con su leche dentro. En caja, él escaneó todo gratis, guiño cómplice. ‘Vuelve pronto’. Caminé por la tienda, clientas mirando, sintiendo el semen escurrir por mis piernas, el secreto quemándome bajo la ropa. Dios, qué subidón. Aún huelo a él.