Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fui con Esteban a esa tienda enorme del centro, de esas con cabinas gigantes y espejos por todos lados. Él me seguía con la mirada mientras yo cogía vestidos cortitos, de esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel. ‘Pruébate este’, me dijo bajito, pasándome uno rojo fuego. El roce del tejido nuevo, suave, casi sedoso, me erizaba la piel. Elegí tres, más unos tangas diminutos, y le guiñé un ojo. ‘Ven a ayudarme’, le susurré. Nadie nos miró raro, éramos solo una pareja comprando.
Entramos juntos en la cabina más grande, al fondo. El espacio era estrecho, olía a ropa limpia y a su colonia fuerte. Cerré el rideau con un susurro, ese sonido rasposo que me pone. Afuera, voces de clientas charlando, risas, el tintineo de perchas. Mi corazón latía como loco. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas en el espejo. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Joder, estás buenísima’, murmuró, y sus manos ya estaban en mi cintura. Yo me giré, lo besé con hambre, lenguas enredadas, saboreando su boca. Sus dedos bajaron mi falda, rozando mi coño ya húmedo a través de las bragas. ‘Shh, no hagas ruido’, le dije, pero yo gemía bajito, mordiéndome el labio.
La elección de la ropa y el primer roce
La tensión explotó. Me apoyé en el espejo frío, que me erizó los pezones duros. Él se desabrochó los pantalones, sacando esa polla gorda y venosa que tanto adoro. La agarré, palpitaba en mi mano, caliente, lista. Me arrodillé rápido, el suelo duro contra mis rodillas, y la metí en la boca. Lamí el glande, chupé fuerte, saboreando ese gusto salado. ‘Mmm, así, cabrona’, gruñó él, sujetándome la cabeza. Afuera, pasos, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Yo aceleré, tragándomela hasta la garganta, saliva goteando. Pero quería más. Me puse de pie, me quité las bragas de un tirón y me doblé, culazo en pompa frente al espejo. Vi su cara de lobo, mis tetas bamboleándose.
El clímax prohibido entre espejos
‘Fóllame ya’, le rogué en un susurro ronco. Él escupió en su mano, untó mi coño chorreante y empujó. Entró de golpe, llenándome entera, esa polla gruesa estirándome el chocho. ‘¡Joder, qué apretada!’, jadeó. Empezó a bombear, lento al principio, clac-clac contra mi culo. Yo me tapaba la boca para no gritar, pero gemía como loca: ‘Más duro, pero calladitos…’. Los espejos multiplicaban todo: su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos brillando. Sus huevos peludos chocaban contra mi clítoris hinchado, y él me metió un dedo en el culo, girándolo. ‘¿Te gusta, puta?’, susurró. Yo exploté, orgasmos en olas, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él aceleró, follándome brutal, sudando, hasta que gruñó bajito y me llenó de leche caliente, chorros que sentía resbalar.
Nos quedamos jadeando, pegados, su polla aún dentro. ‘Vístete rápido’, dijo riendo nervioso. Me puse el vestido rojo, sin bragas, su corrida goteando por mis muslos. Él se subió los pantalones, polla semi-dura marcando. Salimos, rideau rasposo otra vez. Afuera, la dependienta: ‘¿Qué tal os quedaban?’. Sonreí, ruborizada: ‘Me llevo este’. Pagué, su mano en mi espalda baja, secreto ardiendo bajo la ropa. Caminamos por el magasin, voces normales alrededor, pero yo sentía su mirada, el calor entre las piernas. En la calle, me besó: ‘La próxima, en otro sitio público’. Dios, qué vicio. Aún huelo su semen en mí.