Follada brutal en la cabina de probadores con una pareja libanesa

¡Dios, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Todo empezó en esa tienda de moda oriental del centro. Mi amigo libanés, el rey del ligue, me presentó a Libane y Liba, un pareja impresionante. Ella, morena curvilínea de unos cuarenta, con curvas que matan; él, alto, elegante, con esa mirada pícara. Charlamos de sus aventuras, riendo con rosé en mano, pero en la tienda. ‘Ven, pruébate esto con nosotros’, me dijo ella, guiñando. Elegimos voiles traslúcidos, un sujetador de lentejuelas con flecos de perlas que tintinean, y una falda vaporosa. El roce del tejido nuevo en mis dedos, fresco, sedoso… Entramos los tres en la cabina grande, espejos por todos lados. El corazón me latía fuerte. Corro el visillo rojo, ¡zas!, se cierra con ese susurro. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’.

La tensión sube ya. ‘Shhh, no hagamos ruido’, murmura Liba. Libane se pone el sujetador, las perlas glin-glin al moverse. Se mira al espejo, arquea la espalda, sus pezones duros asomando. Yo me apoyo en la pared fría del espejo, el vidrio helado contra mi espalda sudada. Cintres tintineando al colgar mi blusa. Ella se acerca a él, roza su pecho. ‘¿Te gusta?’, susurra, voz ronca. Él asiente, mano en su cadera. Yo… no puedo apartar la vista. Mis bragas ya húmedas. ‘Siéntate ahí’, me dice ella, señalando el poyete. Me siento, piernas temblando. El aire cargado de su perfume oriental, mezclado con olor a ropa nueva.

Elegimos la ropa sexy y entramos en la cabina

De repente, ella empieza a bailar despacio, caderas ondulando. Voiles cayendo, glin-glin de las perlas contra su piel. Se frota contra Liba, él le abre la blusa. ‘Mira cómo me excita’, me dice ella, mirándome fijo por el espejo. Afuera, pasos, risas. Yo contengo la respiración. Él le baja las bragas, pubis negro, jugoso, reluciente. ‘Ven aquí’, le dice, pero a mí: ‘Míranos’. La empuja contra el espejo, frío en sus tetas. Manos en su coño, dedos hundiéndose. Ella gime bajito: ‘Ahh… sí, pero shhh’. Yo me muerdo el labio, mi clítoris palpitando.

¡El polvo explota! Él se baja los pantalones, polla dura, gruesa, goteando. Ella se arrodilla, lame la punta: ‘Mmm, tu leche…’. Chupa despacio, ojos en mí: ‘¿Quieres?’. Yo asiento muda. Se levanta, se gira, culazo contra él. ‘Fóllame ya, méteme esa polla gorda’. Él obedece, empuja lento. ‘¡Joder, qué prieta tu concha!’. Ritmo sube, pero controlado: plaf, plaf suave contra sus nalgas. Perlas tintineando loco, cubriendo gemidos. Yo veo todo: su coño tragándosela, jugos chorreando por muslos. Se miran en espejos, multiplicados. ‘Más profundo, cabrón, dame hasta las huevos en el clítoris’. Él acelera, mano en su boca: ‘No grites, amor’. Ella se retuerce, tetas rebotando, glin-glin frenético. Afuera: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘Nooo…’, jadea él.

El sexo intenso sin poder gritar

Yo… excitadísima, froto mis muslos. Ella se acerca, polla aún dentro, me roza el hombro. ‘Siente cómo me folla’. Su vientre contra mi cara, olor a sexo. Él la bombea más fuerte, ella se dobla, mano en su clítoris: ‘Me corro… ¡ahh!’. Espasmo brutal, coño apretando polla. Él gruñe: ‘Toma mi leche, puta’. Eyacula dentro, chorros calientes. Yo exploto sin tocarme, bragas empapadas, temblando contra el espejo frío.

Minutos después, jadeantes. Se visten rápido: voile arriba, bragas húmedas. ‘Gracias por mirar’, susurra ella, beso en mejilla. Salimos. Yo primero, cara roja, piernas flojas. En caja, pago mi nada, sonriendo al vendedor. Ellos detrás, manos entrelazadas. Secretos ardiendo bajo ropa. Afuera, aire fresco… pero mi coño aún palpita. ¡8’5 en la escala Richter!

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