¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Fue el otro día, después de esa lluvia torrencial en el partido de tenis. Mi cuñado y yo, empapados, corrimos a un centro comercial cercano para cambiarnos. Angie y Chris se habían ido por otro lado, así que… solo nosotros dos. Elegí un vestido rojo ceñido, súper corto, y unas braguitas de encaje negro que olían a nuevo, esa textura suave y fresca que te eriza la piel. ‘Pruébate esto’, me dijo él con voz ronca, pasándome la percha. El tintineo de las coljas metálicas al rozar la barra me puso nerviosa ya.
Entramos en la cabina grande, la última del pasillo. Él se coló detrás de mí, ‘para ayudarte con la cremallera’, murmuró. Cerré el rideau delgado, ese que deja pasar siluetas. Afuera, voces de clientas charlando, risas, pasos. Mi corazón latía fuerte. Me quité el short mojado, el top pegado a los pechos. El espejo enfrente reflejaba todo: mis tetas firmes, pezones duros por el frío del cristal. Él se acercó por detrás, sus manos en mis caderas. ‘Estás… jodidamente sexy’, susurró, su aliento caliente en mi cuello. Sentí su polla endureciéndose contra mi culo. Dudé un segundo, ‘shhh, nos van a oír…’, pero ya estaba frotándome contra él, el encaje rozando su bulto.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
No aguantamos. Me giré, lo besé con hambre, mordiendo su labio. Sus manos bajaron mi tanga, dedos gruesos abriendo mi coño ya empapado. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó bajito. Me apoyé en el espejo frío, piernas abiertas. Él se sacó la polla, gorda y venosa, palpitante. La frotó contra mis labios, arriba y abajo, untándola de mis jugos. ‘Fóllame ya’, le supliqué ahogando la voz. Entró de un empujón brutal, partiéndome en dos. ¡Joder! Gemí tapándome la boca. Sus caderas chocando contra mí, plaf, plaf suave para no alertar. El espejo multiplicaba la imagen: su polla entrando y saliendo de mi coño rasurado, mis tetas botando, su cara de placer animal.
El sexo intenso y la salida con el secreto
Me tapó la boca con una mano, la otra pellizcando mi clítoris hinchado. ‘Cállate, zorra, o nos pillan’. Bombeaba fuerte, profundo, rozando mi punto G. Yo me mordía el puño, lágrimas de placer. Cambiamos: lo empujé al banquito, me subí encima a horcajadas. Su polla clavada hasta el fondo, reboté salvaje, coño apretándolo. ‘Más… ay, joder, más duro’, jadeé. Él me chupaba las tetas, mordiendo pezones, mientras yo me restregaba el clítoris contra su pubis. Afuera, una voz: ‘¿Necesitas ayuda?’. Nos paramos en seco, sudando. ‘No… todo bien’, respondí temblando. Reanudamos, él de pie ahora, yo contra la pared, una pierna arriba. Me taladraba, huevos golpeando mi culo. Sentí el orgasmo venir, coño contrayéndose, ‘Me corro… ¡me corro!’, susurré histérica. Él gruñó, ‘Toma mi leche’, y me llenó de porra caliente, chorros que chorreaban por mis muslos.
Nos quedamos jadeando, pegados. Rápido, nos vestimos. Yo con el vestido nuevo, sin bragas, su semen goteando dentro. Él salió primero, ‘Me espero fuera’. Salí yo, ruborizada, piernas flojas. En caja, la cajera sonrió, ‘¿Todo ok? Te vi entrar con él’. Sonreí nerviosa, pagué. Caminamos al coche, su mano en mi culo disimuladamente. Ese secreto quemándome bajo la ropa, el riesgo de las voces afuera, los espejos grabando cada embestida… ¡uf, me mojo solo de contarlo! ¿Os ha pasado algo así?