¡Dios, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Laura, 42 años, casada, dos niños, vida normalita… pero con un lado puta que solo sale cuando me pica. En el curro, equipo de logística, llegó Max hace un mes. Joven, musculoso, barba de tres días, camisetas que marcan pectorales y un tatuaje asomando en el brazo. Cada día lo miro por el cristal de mi mesa, imaginando su polla dura. Flirteamos en las pausas, preguntas picantes, y ayer… ¡zas! Durante el almuerzo, me dice: “Venga, vamos a un centro comercial, te ayudo a elegir algo sexy para tu maridito”. Acepto, corazón latiendo fuerte.
Entramos en una tienda de ropa interior, Zara o algo así. El aire acondicionado fresco, olor a tela nueva. Cojo un tanga negro, un sujetador push-up, una falda corta. “Pruébate esto”, me guiña Max. La dependienta nos mira sonriendo, ajena a todo. Voy al probador, cabina grande con espejo enorme por delante y laterales. Cierro el rideau, ¡ras! Ese sonido metálico. Me quito la blusa, piel erizada por el espejo frío contra la espalda. Oigo voces fuera: “¿Te queda bien ese?”, risas de clientas. Max susurra: “¿Puedo entrar? Quiero ver cómo te queda”. Dudo, mordiéndome el labio. “Vale, pero calladitos”. Entra rápido, su cuerpo grande ocupando todo. Cierre el rideau de nuevo, clic. Sus ojos devorándome en el espejo, mis tetas al aire. “Joder, Laura, estás para follarte ya”. Su mano en mi cintura, aliento caliente en el cuello.
La entrada en la cabina y la tensión que sube
Nos besamos como lobos, lenguas enredadas, saliva. Sus manos bajan, aprietan mi culo. “Shhh, no hagas ruido”, le digo jadeando. Pero él ya tiene la polla fuera, enorme, gorda, venosa, más grande que la de mi marido. Me gira contra el espejo, frío en mis pezones duros. Frota su verga contra mi coño empapado, tela del tanga nueva rozando áspera. “Estás chorreando, puta”, murmura. Empuja, entra de un golpe, ¡ahhh! Me tapo la boca. Va-et-vient lentos al principio, chapoteo húmedo. Oigo pasos fuera, una voz: “¿Necesitáis ayuda?”. “No, todo bien”, responde él con voz firme, mientras me clava hasta el fondo. Acelera, polla abriéndome el coño, tetas rebotando en el espejo. Me da nalgadas suaves, ¡plaf!, piel ardiendo. “Me encanta tu culo, ¿te han follado el ojete?”. Asiento, excitada. Me pone a cuatro patas en el banquito, culo al aire. Lamida mi ano, lengua caliente girando, ¡uf, placer prohibido! Dedo dentro, luego dos, lubricando con mi flujo.
El sexo brutal y el riesgo de ser descubiertos
“Relájate, voy a metértela por el culo”. Presión en el ano, duele al principio. “¡Ay, despacio!”. Entra el capullo, estira mi agujero virgen casi. Gimo bajo, mordiendo mi mano. Fuera, tintineo de perchas, clientas charlando. Él empuja todo, polla gruesa rellenándome. “¡Qué culito apretado, joder!”. Folla anal fuerte, pero contenido, pelvis chocando suave contra mis nalgas. Sudor goteando, olor a sexo mezclado con perfume de tienda. Me corro primero, coño contrayéndose, piernas temblando. Él gruñe bajito: “Toma mi leche, zorra”. Eyacula dentro, chorros calientes llenándome el recto. Sale, semen chorreando por muslos, mezclándose con mi humedad.
Nos vestimos rápido, risas nerviosas. “Límpiate con el tanga”, dice él. Salgo primero, cara roja, pelo revuelto. Dependienta: “¿Qué tal?”. “Perfecto, me lo llevo todo”, pago temblando, su mirada cómplice detrás. Caminamos al curro, semen secándose en mi culo, coño palpitando. Nadie sospecha. Esta noche, con mi marido, fantasearé con más. ¿Repetimos, Max? ¡El subidón público es adictivo!