Mi polvo inolvidable en la cabina de probadores con mi amigo de la infancia

Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el sábado pasado. Soy Aline, una morenita bajita con ojos verdes, de esas que parece que miden 1,55 pero con curvas que vuelven locos. Siempre he sido superabierta al sexo, me flipa el riesgo en sitios públicos, sentir que nos pueden oír al otro lado del rideau… Y los espejos, dios, ver mi cuerpo y el de él desde todos los ángulos me pone a mil.

Me encontré por casualidad con Pablo, mi amigo de la infancia. Ese con el que jugaba de pequeña, él alto y yo siempre colgada de su espalda. Habíamos perdido contacto años, pero ahí estaba, guapísimo, con esa sonrisa pícara. ‘¿Vamos de compras?’, me dijo. Entramos en Zara, llena de gente. Elegí un vestido ajustado rojo, unos vaqueros pitillo y un top escotado. ‘Pruébatelo todo’, me guiñó el ojo.

La elección de la ropa y la tensión en la cabina

La cabina era grande, con tres espejos. Corrí las cortinas, el plástico rozó con ese ruido sordo, y el corazón ya me latía fuerte. Pablo se coló dentro, ‘para ayudarte con la cremallera’, susurró. Sus manos en mi espalda, el vestido nuevo olía a tienda, fresco y sintético. Me lo quité despacio, quedé en bragas y sujetador. Él me miró por el espejo, sus ojos bajaron a mis tetas, endureciéndose ya. ‘Joder, Aline, estás…’. Yo me giré, pegué mi culo contra su paquete, ya duro como piedra. Voces de clientes fuera, una risa lejana. El espejo frío contra mis pezones, erguidos. Su aliento en mi cuello, ‘shhh, no hagamos ruido’. La tensión era eléctrica, mis bragas ya mojadas.

El sexo brutal y el clímax contenido

No aguantamos. Me arrodillé, desabroché su pantalón, saqué su polla gruesa, venosa, palpitante. La lamí desde la base, sabor a hombre, salado. Él gimió bajito, mano en mi pelo. ‘Mámamela toda’, susurró. La tragué hasta la garganta, babas cayendo, el sonido chup chup amortiguado. Afuera, pasos, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Me puse de pie, me quité las bragas, coño chorreando, labios hinchados. Él me levantó contra el espejo, frío en mi espalda. ‘Fóllame ya’, le rogué. Entró de un empujón, polla abriéndome en canal, estirándome. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. Embestidas brutales, pausadas para no golpear fuerte. Mis tetas rebotando en el espejo, su mano tapándome la boca. Gemí contra sus dedos, ‘más hondo… ay…’. Él aceleró, polla golpeando mi punto G, jugos bajando por mis muslos. Me corrí primero, coño contrayéndose, mordiendo su mano para no gritar. Él siguió, ‘me vengo…’. Chorros calientes dentro, llenándome, goteando.

Sudados, jadeantes. Nos vestimos rápido, él limpiándose con mi braga usada. ‘Guárdala’, le dije riendo bajito. Salí primero, cara sonrojada, piernas temblando. La dependienta: ‘¿Qué tal la ropa?’. ‘Perfecta, me lo llevo todo’, pagué con su tarjeta, él detrás fingiendo mirar móviles. Secretos ardiendo bajo la ropa, su semen resbalando en mis bragas limpias. Afuera, nos besamos: ‘Repetimos pronto’. El subidón duró todo el día.

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