¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Era un sábado de verano asfixiante, entro en esa tienda de ropa sexy del centro comercial. Vestiditos cortos, tanguitas diminutas, sujetadores push-up que me hacen unas tetas de infarto. Yo, con mi melena rubia suelta, piel blanca llena de pecas, y esa falda que deja ver mis muslos. El vendedor… joder, un moreno alto, ojos verdes, brazos tatuados. Se llama Raúl, me dice mientras me mira el culo.
Elijo tres prendas: un vestido rojo ceñido, una minifalda de cuero y un conjunto de lencería negro. ‘¿Quieres que te ayude en el probador?’, me suelta con voz ronca. Dudo un segundo, miro alrededor, gente comprando, voces lejanas. ‘Vale, entra conmigo’, le digo bajito, mordiéndome el labio. Cuelgo las perchas en la barra, tintinean las pinzas metálicas. Entro en la cabina estrecha, corro el telón rojo. Huele a tela nueva, ese olor fresco y crujiente. Él se cuela detrás, su cuerpo roza mi espalda. Cierro el pestillo, pero el telón solo… shh.
La elección de ropa y la tensión en la cabina
Me miro en el espejo grande, frío al tacto. Me quito la blusa despacio, mis tetas 90D saltan libres, pezones ya duros por el aire acondicionado. Él traga saliva, ojos fijos. ‘Joder, qué pechos más perfectos’, murmura. Se acerca, su aliento caliente en mi cuello. Manos en mi cintura, sube despacio rozando la piel. Afuera, una voz de clienta: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos miramos, sonrisa pícara. Su polla ya presiona contra mi culo a través del pantalón. ‘Shh, no hagas ruido’, le digo, pero yo ya estoy mojada, notando la humedad en mis bragas.
No aguanto más. Me giro, le bajo la cremallera. Su polla salta, gruesa, venosa, cabezona roja. ‘¡Mira qué verga tan gorda!’, susurro excitada. La agarro, dura como piedra, palpita en mi mano. Él gime bajito, me besa el cuello, chupando. Afuera pasos, risas. Me arrastra contra el espejo, frío en mis tetas desnudas. Me quita la falda y bragas de un tirón, tela nueva rozando mis muslos. Dedos en mi coño rasurado, ya empapado. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, dice. Meto dos dedos suyos dentro, chapotea suave. Gimo ahogado: ‘¡Ay, sí, pero calla!’
El polvo intenso y la salida con el coño chorreando
Me arrodillo en el suelo sucio, alfombra áspera en las rodillas. Abro la boca, engullo su polla hasta la garganta. Sabe a sudor limpio, glande salado. Chupa mis tetas, muerde pezones, duele rico. ‘¡Joder, qué buena mamada!’, jadea él contenido. Afuera, el dependiente pregunta por precios. Cambio de posición: yo de pie, manos en el espejo, culo fuera. Él escupe en mi coño, frota la polla en el clítoris. ‘Métemela ya, fóllame duro’, suplico bajito. Empuja, entra de golpe, llena mi coño apretado. ¡Pum, pum! Golpes secos contra mis nalgas, espejo temblando.
Siento cada vena rozando mis paredes, coño tragándosela. Él tapa mi boca con la mano, yo muerdo sus dedos. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, gimo entre dientes. Acelera, huevos golpeando mi culo, sudor goteando. Yo reviento primero: orgasmo brutal, coño contrayéndose, piernas flojas, ahogo el grito en su palma. Él gruñe: ‘¡Toma mi leche, zorra!’. Chorros calientes inundan mi útero, semen espeso chorreando por muslos. Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, palpitando.
Rápido, nos vestimos. Tela nueva pegajosa en piel sudada. Salgo primero, cara roja, pelo revuelto. Él detrás, guiño: ‘¿Te lo llevas?’. Pago en caja, coño goteando semen en las bragas, notando cada paso el calor resbalando. Clientas miran, ¿sospechan? Salgo al pasillo, piernas temblando, sonrisa secreta. ¡Qué subidón, el riesgo de ser pillada! Aún huelo su colonia mezclada con mi corrida. Mañana vuelvo… ¿repetimos?