Follada salvaje en el probador con mi vecino David

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Ayer fui con David, mi vecino ese que me vuelve loca, al centro comercial. Mi marido lo sabe todo, le excita imaginarme follada por esa polla monstruosa. Fuimos a una tienda de lencería cara, oliendo a tela nueva y perfume. Él me susurraba: ‘Prueba esto, guapa, quiero verte como una puta’. Elegí un conjunto negro: guêpière con cordones, tanga mínima y medias de liga. Las perchas tintineaban mientras las colgaba en mi brazo, el corazón me latía fuerte. Oía voces de clientas fuera, risas, pasos.

Entramos en la cabina grande, la más apartada. ‘Solo para probar’, le dije con voz temblorosa, pero ya sabía lo que pasaría. Corrí el cortinón rojo, ese roce áspero contra la barra metálica… clic. Nos quedamos solos, pero el mundo seguía ahí, al otro lado. David me pegó a él, sus manos en mi culo. ‘Shhh, nos oirán’, murmuré, pero mi coño ya chorreaba. Me besó el cuello, mordisqueando, mientras yo me quitaba el vestido. El espejo enfrente nos devolvía la imagen: yo en bragas, tetas grandes asomando, él con bulto enorme en los pantalones. El frío del espejo en mi espalda me erizó la piel. Sus dedos bajaron la tanga, rozando mi raja húmeda. ‘Estás empapada, zorra’, gruñó bajito. Yo gemí suave, mordiéndome el labio.

Elegiendo la ropa y entrando en la cabina: la tensión explota

No aguantamos. Me giró contra el espejo, tetas aplastadas en el cristal helado. Desató la guêpière, chupó mis pezones marrones, duros como piedras. ‘¡David, por favor!’, susurré, arqueándome. Le bajé el pantalón, ¡joder, esa polla! Gruesa, venosa, hasta el ombligo. La olí, a macho sudado. Me arrodillé, perchas balanceándose, y la metí en la boca. Solo la mitad, me ahogaba, saliva chorreando. Él me agarró el pelo: ‘Chupa más, como a tu marido no le chupas’. Lamí las bolas peludas, pesadas, mientras oía pasos fuera. ‘¿Todo bien?’, preguntó una dependienta. ‘Sí… perfecto’, respondí con voz ronca, polla en la garganta.

Me levantó, piernas abiertas en el banquito. Me comió el coño, lengua honda en mi agujero, chupando el clítoris hinchado. ‘¡Ahh!’, ahogué el gemido contra su cabeza. Dedos en mi ano, lubricados con mi jugo, entrando y saliendo. Me corrí rápido, temblando, coño contrayéndose, jugos por sus barbillas. No paró. Me puso de pie, espaldas a él, mirándonos follar en los tres espejos. Polla en mano, la frotó en mi raja. ‘Métemela ya’, supliqué. Entró de golpe, estirándome hasta doler. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Follaba duro, pero callados, solo respiraciones y carne chocando suave. Plaf, plaf bajito. Yo me tapaba la boca, viéndome la cara de puta en el espejo, tetas botando. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga gorda, coño tragándosela entera. ‘Más rápido… pero shhh’. Otro orgasmo me sacudió, uñas en su pecho.

El polvo brutal contra el espejo: pasión sin frenos

Se corrió dentro, leche caliente llenándome el útero. ‘Toma mi semen’, gruñó. Esperamos jadeando, polla aún dura. Segunda ronda: me puse a cuatro, culo al espejo. ‘El ano también’, pedí, excitada. Escupió, dedo primero, luego la punta. Duele, pero rico. ‘¡Coño, qué estrecho!’, empujó todo. Me folló el culo salvaje, yo mordiendo mi mano para no gritar. Oía voces cerca, ‘¿Has visto esa falda?’. Él eyaculó profundo, intestinos calientes de esperma.

Salimos. Yo con el conjunto puesto debajo del vestido, coño y culo goteando semen, manchando las medias. Caminé a la caja, piernas flojas, sonrisa culpable. ‘¿Todo bien?’, preguntó la cajera. ‘Sí, perfecto’, dije, pagando. David me guiñó, secreto ardiendo bajo la ropa. En el coche, mi marido me esperaba para lamerme la crema de David. ¡Quiero más!

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