Follada salvaje en la cabina de prueba: mi secreto ardiente

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado en ese centro comercial de Lille, con mi Valentin, el dijonés que me vuelve loca. Llevaba una falda vaquera cortita, top azul casi transparente y sin bragas, claro, para el morbo. Él me miraba con esos ojos hambrientos mientras yo rebuscaba en los percheros. El ruido de las cintres tintineando, la textura suave de las telas nuevas rozándome la piel… Elegí un vestido ajustado rojo, escotado hasta el ombligo, y unas braguitas de encaje que no pensaba ponerme.

‘¿Me ayudas a probármelo?’, le susurré al oído, tirando de su mano hacia las cabinas. El corazón me latía fuerte. Entramos juntos, el espacio tan chiquito que nuestros cuerpos se pegaban ya. Corrí el visillo, ese roce áspero del plástico, y pum, el mundo se cerró. Afuera, voces de clientas charlando de ofertas, pasos… pero dentro, su aliento caliente en mi cuello. Me quité el top despacio, mis tetas al aire frente al espejo grande, frío contra mis pezones duros. Él tragó saliva. ‘Joder, Antonella, estás…’. Hesitó, pero sus manos ya subían por mis muslos. La tensión era eléctrica, su polla ya tiesa contra mi culo mientras yo me bajaba la falda.

Elegí la ropa perfecta para provocarle

No aguantamos. Me giré, le besé con lengua, mordiéndome el labio para no gemir alto. ‘Shhh, nos oirán’, murmuró él, pero su mano ya en mi coño depilado, resbaladizo de jugos. ‘Estás empapada, puta’. Sí, lo estaba. Le bajé la cremallera, saqué esa verga gorda, venosa, palpitante. La apreté, masturbándola lento mientras él me pellizcaba los pezones. Me apoyé en el espejo, frío helándome la espalda, piernas abiertas. ‘Fóllame ya, pero calladitos’. Entró de un empujón, su polla abriéndome el coño como un puño, hasta el fondo. Ay, el placer… Embestía fuerte, ritmado, yo mordiéndome el puño para ahogar los jadeos. En el espejo, veía mi cara de zorra, tetas botando, su culo contraído clavándomela. ‘Tu coño aprieta tanto…’. Cambiamos, yo de espaldas, él tapándome la boca mientras me taladraba, sus huevos chocando contra mi clítoris. Sudor, olor a sexo mezclado con perfume nuevo. Afuera, una voz: ‘¿Habéis visto ese vestido?’. Casi me corro ahí. Él aceleró, follándome brutal, dedos en mi ano juguetón. ‘Me vengo…’. Lo sentí hincharse, chorros calientes llenándome el coño, y yo exploté, temblando, coño convulsionando alrededor de su leche.

Salimos jadeantes, yo con el vestido puesto, su semen chorreándome piernas abajo bajo la falda. Él rojo, fingiendo normalidad. En caja, la cajera nos miró raro, oliendo el morbo quizás. ‘¿Todo bien?’, preguntó. ‘Sí, perfecto’, dije con voz temblorosa, pagando rápido. Caminamos por el magasin, piernas flojas, secreto quemándonos. Sus manos rozándome el culo disimuladamente, yo sintiendo su corrida escurrir. Aún huelo a él. ¿Repetimos pronto? Dios, qué vicio.

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