Follada prohibida en la cabina de probadores: mi secreto ardiente

Uff, acabo de salir del Zara del centro comercial y aún me tiemblan las piernas. Mi coño palpita, joder. Todo empezó esta tarde con mi novio, Pablo. Estábamos de compras, pero los dos cachondísimos desde el desayuno. Elegí un vestido negro ajustado, de esos que marcan el culo, y unos leggings que me hacen el chocho prieto. ‘Pablo, ven a la cabina conmigo, ayúdame a probármelos’, le dije bajito, con esa mirada que sabe lo que significa.

La dependienta nos miró de reojo, pero la cabina era de las grandes, con espejo por todos lados y un banquito. Metimos las perchas, tintineo metálico que me pone ya nerviosa. Cerré el cortina rojo, ese roce áspero en la piel. Afuera, voces de familias, risas de chavales, el pitido de la caja. Dentro, olía a tela nueva, ese aroma fresco y sintético. Pablo se pegó a mi espalda, sus manos en mi cintura. ‘Estás para follarte ya’, murmuró en mi oreja, aliento caliente.

La tensión sube al cerrar el cortina

Me quité la camiseta despacio, tetas al aire, pezones duros por el aire acondicionado. Él rozó mis pechos, pellizcó suave. ‘Shh, que nos oyen’, le dije riendo bajito. Pero ya sentía su polla dura contra mi culo. Bajé los vaqueros, bragas empapadas. El espejo enfrente, frío cuando apoyé la mano. Me miró mientras se desabrochaba. ‘Mira qué tiesa la tengo por ti’. Yo mordí labio, excitada por vernos reflejados mil veces.

No aguantamos. Se arrodilló, separó mis nalgas. Lengua en el coño, lamiendo jugos. ‘Joder, qué mojada estás, puta’. Gemí ahogado, tapándome boca. Metió un dedo en mi chocho, luego otro, bombeando. ‘Más’, susurré. Tocó mi ano, presionó. Entró el dedo corazón, resbaladizo por mis fluidos. Doble penetración con dedos, como en nuestras fantasías locas. Me abrí de piernas, espejo mostrando todo: mi coño abierto, ano dilatado, su mano enterrada.

El clímax brutal y silencioso

Me puse de rodillas, saqué su polla gorda, venosa. La chupé profunda, saliva goteando, mirando sus ojos en el espejo. ‘Qué buena mamada, nena’. Afuera, pasos, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’ . Sudábamos, corría el rímel. Me levantó, contra el espejo helado en la espalda. Polla en coño de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Ay!’, ahogué grito en su cuello. Follando lento, profundo, chapoteo húmedo. Cambió: glande en ano, lubricado. Entró despacio, ‘Relájate, cabrona’. Dolor-placer, me abrí. Bombeaba, yo clavaba uñas.

‘Quiero correrme en tu culo’, gruñó bajito. Ritmo salvaje, pero sin ruido, mordiéndonos labios. Sentí orgasmo subir, coño contrayéndose, ano apretando su verga. ‘Me corro… shh’, jadeé. Temblores, piernas flojas, espejo empañado por aliento. Él empujó fuerte, semen caliente llenándome el culo. ‘Toma, puta’. Quedamos pegados, jadeos.

Limpieza rápida con kleenex, olor a sexo impregnado. Me puse el vestido, él pantalones. Salimos, caras rojas, pelo revuelto. ‘¿Qué tal?’, preguntó la dependienta sonriendo. ‘Perfecto, nos lo llevamos todo’, dijo Pablo, yo callada, semen goteando piernas. Caminamos al coche, su mano en mi culo, secreto quemando bajo la ropa. Aún siento su polla dentro. ¿Repetimos pronto?

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