Ay, amor, si supieras lo que me pasó ayer en ese centro comercial de Madrid… Estaba en Zara, mirando unos vestidos ajustados, de esos que marcan el culo y las tetas. El tejido nuevo, suave como la seda, rozándome la piel mientras los colgaba del brazo. Oía las voces de las clientas fuera, risas, pasos en el suelo de mármol. Elegí uno rojo, cortito, con escote profundo. ‘¿Me ayudas con la talla?’, le dije al vendedor, un moreno alto, con ojos que me desnudaban ya. Sonrió, pícaro. ‘Claro, preciosa, vamos a la cabina’.
Entramos juntos. El espacio era diminuto, espejo en tres lados, frío contra mi espalda cuando me quité la camiseta. El ruido de las perchas tintineando, él cerrando el rideau con un siseo. ‘Shh, no hagamos ruido’, murmuró, pero su mano ya en mi cintura. Olía a colonia fresca, mezclada con mi perfume. Me bajé los vaqueros despacio, sintiendo su mirada. ‘Joder, qué cuerpo’, dijo bajito. Yo, con la braguita empapada ya, me giré, tetas al aire. Nuestros labios chocaron, lenguas urgentes, salivitas calientes. Sus dedos en mi coño, resbalando fácil. ‘Estás chorreando’, jadeó. Yo palpando su polla dura bajo los pantalones, enorme, palpitando.
La elección de la ropa y la tensión inicial
No aguantamos. Me empotró contra el espejo, el cristal helado en mis pezones duros. ‘Fóllame ya’, le supliqué en un susurro. Se sacó la polla, gorda, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. Me abrí de piernas, coño abierto, húmedo. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, gemí, tapándome la boca. Él bombeando fuerte, salvaje, piel contra piel chapoteando bajito. Oía voces fuera: ‘¿Dónde está el baño?’. El rideau temblaba con cada arremetida. Me miró en el espejo, mis tetas rebotando, su polla entrando y saliendo, mis labios hinchados tragándola. ‘Córrete dentro’, le rogué, arañándole la espalda. Chupé sus dedos, mordí su cuello para no gritar. Él aceleró, ‘Me vengo, puta’, gruñó ahogado. Su leche caliente inundándome, chorros potentes. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos bajando por muslos, rodillas temblando.
Paramos jadeando, sudor pegándonos. Rápido, me limpié con la braguita, semen goteando aún. Él se subió los pantalones, polla satisfecha colgando. ‘Eres una guarra’, rio bajito. Salí primero, vestido puesto, mejillas rojas, piernas flojas. Él detrás, fingiendo normal. En caja, pagué temblando, su mirada quemándome la nuca. ‘Gracias por la ayuda’, le guiñé. Fuera, el semen resbalando en mis bragas, secreto ardiente bajo la falda. Caminé con el coño palpitando, recordando cada embestida. Joder, qué vicio. Quiero repetir…