¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Marta, profe de física de 38 años, morena, delgada, con ojos verdes que siempre llaman la atención. Ayer en un centro comercial de Madrid, en esa tienda de ropa sexy, me topé con Lucía y Flora, dos ex alumnas de 18 años. Lucía, rubia atlética, pechitos firmes; Flora, más curvilínea, con pecas y coleta. Estaban riendo, probándose faldas cortas. ‘¡Profe!’, me dijeron, abrazándome. Hablamos, el calor del verano, el fin del insti… y de repente, ‘¿Vienes a probarnos ropa con nosotras? Hay una cabina grande al fondo’.
El corazón me latía fuerte. Elegí un vestido rojo ceñido, ellas unos bodies diminutos. Entramos las tres apretujadas. Clinc, clinc, el ruido de las perchas al colgar la ropa. Olía a tela nueva, fresco, con ese tacto suave bajo los dedos. Cerré el rideau rojo, grueso, pero fino… se oían voces de clientas fuera, pasos, risas. ‘Shhh, no hagáis ruido’, susurró Lucía, pero sus ojos brillaban picaros. Me quité la blusa, el sujetador… mis tetas al aire, endureciéndose con el aire acondicionado. Ellas también, pechos perfectos reflejados en los tres espejos. ¡Dios, qué morbo verlas multiplicadas! Flora rozó mi cadera ‘accidentalmente’. ‘Estás buenísima, Marta’, murmuró. La tensión… uf, eléctrica. Sus manos temblaban quitándose las bragas, yo sentía mi coño humedeciéndose ya.
La tensión sube al cerrar el rideau
No aguantamos. Lucía me besó primero, lengua juguetona, salivita dulce. ‘¿Podemos?’, jadeó. Asentí, mordiéndome el labio. Flora se arrodilló, manos en mis muslos, subiendo lento. ‘Qué concha más rica’, gruñó, oliéndome. Lamía ya, lengua plana en mi clítoris hinchado. ¡Joder! Gemí bajito, tapándome la boca. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está la talla 38?’. ¡Casi me corro ahí! Yo agarré las tetas de Lucía, pellizcando pezones duros como piedras. Ella se frotaba contra mi pierna, su chochito mojado dejando rastro. Cambiamos: yo en cuclillas, chupando a Flora. Su coño depilado, labios gorditos, sabor salado-musgoso. Metí dos dedos, cabalgando su pared interna, ¡plaf plaf! jugos chorreando por mi mano. ‘¡Quieta, coño, que nos oyen!’, siseó Lucía, pero ella metía lengua en mi culo, rimming suave, luego dedos en mi ano apretado. Passion devoradora, sudadas, pelo pegado, espejos empañados por respiraciones. Yo la follaba con la lengua, sorbiendo clítoris, ella se corría primero: ‘¡Aaaah… mierda!’, ahogado contra mi hombro. Luego Lucía encima, tribbing salvaje, coños chocando, clits frotándose, untándonos mieles. Yo exploté: orgasmo brutal, piernas temblando, chorro caliente salpicando el suelo. Gemidos mordidos, sudando, oliendo a sexo puro.
Paramos jadeantes, riendo nerviosas. ‘¡Rápido, vestíos!’, susurré. Me puse el vestido, sin bragas – mi coño palpitaba, jugos bajando por muslos. Ellas igual, bodies arrugados. Abrí el rideau, cara roja, pelo revuelto. La dependienta nos miró rara: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí… perfecto’, balbuceé, pagando el vestido con manos temblorosas. Salimos, piernas flojas, secretito ardiendo bajo la ropa. Fuera, solazo, ellas me guiñaron: ‘Repetimos, profe’. ¡Madre mía, qué subidón! Aún siento el frío del espejo en mis tetas, sus lenguas… ¿Quién dijo que a los 38 no se folla como loca?