Mi follada salvaje en la cabina de probadores con el dependiente

Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer en esa tienda del centro. Estaba mirando unos vestidos ajustados, de esos que marcan el culo y los pechos, con telas suaves que se pegan a la piel como una caricia. Cogí un negro escotado, otro rojo fuego, y unos vaqueros pitillo que prometían resaltar mis curvas. El dependiente, un chaval de unos 25, moreno, con ojos pícaros y manos grandes… uf, me miró de arriba abajo y me dijo: ‘¿Necesitas ayuda para probártelos, guapa?’. Le sonreí, coqueta: ‘Sí, ven, que quiero ver cómo me quedan por detrás’.

Entramos en la cabina grande, la del fondo, con espejo en tres paredes y un banquito. El ruido de las perchas tintineando, el roce del plástico al colgarlas, y fuera… voces de clientas charlando, pasos en el pasillo. Corroboré el rideau, ese fino telón que apenas separa del mundo. Se cerró con un susurro, y ¡zas!, la tensión explotó. Me quité la blusa despacio, dejando ver mi sujetador de encaje negro, pechos al aire casi. Él tragó saliva, acercándose para ‘ayudarme’ con el vestido. Sus dedos rozaron mi espalda desnuda, fríos al principio, luego calientes. ‘Qué piel más suave’, murmuró, voz ronca. Yo, notando su paquete endureciéndose contra mi culo, me giré un poco: ‘¿Te gusta lo que ves?’. El espejo reflejaba todo: mi tanga comiéndose mi coño depilado, sus pantalones abultados.

La elección de la ropa y el primer roce

No aguantamos. Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Joder, qué polla más rica’, susurré, arrodillándome en el banquito. La chupé despacio, lengua en el glande, succionando como una puta en celo, pero calladita, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. Él me agarró el pelo: ‘Shhh, coño, que nos oyen’. Fuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Uf, el morbo me empapaba. Me puse de pie, me bajé el tanga, apoyada en el espejo frío que erizaba mis pezones. Él me abrió las nalgas, miró mi coño chorreando: ‘Estás empapada, puta’. Me metió dos dedos, revolviéndolos, chap-chap suave. ‘Fóllame ya’, le rogué bajito, arqueando la espalda.

El clímax en silencio y la salida con el secreto

Se colocó detrás, polla en mi entrada, y ¡pum!, entró de un golpe, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó él, tapándome la boca con la mano. Embestía fuerte, ritmado, mi coño tragándosela entera, jugos bajando por mis muslos. En el espejo, veía su cara de placer, mis tetas botando salvajes, el rideau temblando con cada embestida. Cambiamos: yo a cuatro patas en el suelo, él de pie, follando como animales. Me pellizcaba los pezones, me azotaba el culo rojo. ‘Córrete dentro, lléname’, jadeé, mordiendo mi puño. Él aceleró, polla hinchada, y ¡zas!, eyaculó chorros calientes en mi coño, gimiendo ahogado: ‘Toma, zorra’. Yo exploté, contrayéndome alrededor de él, orgasmos múltiples, piernas temblando, pero sin gritar, solo respiraciones entrecortadas.

Salimos sudados, sonrientes. Me puse el vestido negro, oliendo a sexo, semen goteando en mis bragas. En caja, él me cobró con guiño: ‘Vuelve cuando quieras, preciosa’. Pagamos, yo caminando con el coño palpitante, secretito ardiendo bajo la falda, oyendo las clientas ajenas. ¡Qué subidón, chicas! Aún me mojo recordándolo.

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